Despedida de soltero con striptease
¿No querías una despedida de soltero con striptease? ¡Pues ahí la tienes!
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No hay segundas oportunidades. Todos mis recuerdos son pasado. En el desván de la memoria tengo un arcón lleno... todo está allí guardado esperando que alguien lo recuerde. Todo mi pasado son los recuerdos. No hay segundas oportunidades.
¿No querías una despedida de soltero con striptease? ¡Pues ahí la tienes!
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Y otro más...
El pasado jueves por la noche, volviendo de dar una vuelta por Cibeles para ver el ambientillo que había por la calle tras derrotar por segunda vez a Rusia (que es lo único que pude hacer esa noche después de haberme perdido el partido por culpa de tener que asistir a la cena de un congreso), pasé por delante del Palacio de la Música (Gran Vía, 35) y vi que, mientras en el resto de cines de los alrededores (¿el resto? ¡JA! ¡Qué optimista! Si sólo quedan tres...) estaban cambiando los carteles para anunciar los estrenos del día siguiente, aquí ya habían desmantelado todo y habían echado el cierre definitivo.
El Palacio de la Música era un cine de una sola sala, con pantalla y patio de butacas grandes (vamos, de las que me gustan a mí), que amplió su oferta añadiendo en sus sótanos dos salas más, amplias pero en grada "hacia abajo", es decir, salas en las que la pantalla quedaba a la altura de la primera fila y, por tanto, había que mirar la película hacia abajo, en lugar de hacia arriba o de frente. Si no hubieran cerrado antes de que haya podido escribir sobre los cines de Gran Vía, habría tenido que recomendar su sala 1 (la grande) y desaconsejar sus otras dos salas.
La última película que estuve viendo allí, hace apenas un mes, fue 'Antes que el diablo sepa que has muerto', estupenda y muy recomendable película de Sidney Lumet que vio retrasado su estreno en España hasta en tres ocasiones y en la que Philip Seymour Hoffman y Ethan Hawke hacen de una (muy) improbable pareja de hermanos que, agobiados por sus problemas financieros, deciden atracar la joyería de sus padres.
A este paso, me voy a terminar ahorrando el escribir la entrada sobre los cines de la Gran Vía.
Nos vemos en los cines que nos dejen.
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Otro que ha "caído".
El Cid Campeador estaba en la calle Príncipe de Vergara (en el número 26), en el tramo comprendido entre Goya y Hermosilla.
Era un cine de una sola sala, con un patio de butacas grande y cómodo, con buena visibilidad y acústica y el estado general de conservación era bastante aceptable. La última película que estuve viendo allí fue 'Los crímenes de Oxford' (prescindible y que no merece la pena ver en pantalla grande).
Desde hace unas semanas ya no ponen más películas.
Nos vemos en los cines que quedan (que cada vez son menos).
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Una vez terminado el repaso a la calle Fuencarral, y sin alejarnos mucho, vamos a visitar los alrededores: hacia un lado, la calle Luchana, y hacia el otro, la calle Magallanes.
En la calle Luchana, desde la glorieta de Bilbao hasta la calle de Santa Engracia/Plaza de Chamberí, encontramos dos cines: el Palafox y el Luchana.
El cine Palafox (Luchana, 15) cuenta desde hace unos años con tres salas.
Lo que antes era el único patio de butacas del cine Palafox es ahora la sala 1 del local, la principal y más grande, y de siempre una de mis preferidas: ya sabéis, muchas butacas y pantalla grande. Además de los estrenos correspondientes, en el Palafox se celebran periódicamente diversos ciclos como el de Cine Fantástico y de Terror o el de Cine Alemán. En la parte superior del Palafox encontramos otras dos pequeñas salas. En ambas, las butacas están distribuidas "en grada", pero, mientras en la sala 2 los asientos están situados frente a la pantalla, en la sala 3 hay muchas butacas en las que hay que colocarse casi de lado para poder ver la pantalla correctamente.
El resumen del cine Palafox sería: la sala 1, siempre; la sala 2, mejor que muchas multisalas; y la sala 3, evitar en lo posible.
Preferencias del patio de butacas de la sala 1 del cine Palafox:

El cine Luchana (Luchana, 38) se distribuye de manera similar al cine Palafox: un patio de butacas grande que ahora es la sala 1 y dos pequeñas salas más. Sin embargo, hace ya tiempo que no lo visito, en parte por su programación (muchos documentales y películas "minoritarias"), en parte porque de un tiempo a esta parte luce un aspecto de abandono alarmante.
No sé, serán manías mías, pero creo que va a pasar bastante tiempo hasta que vuelva a ver una película en el cine Luchana.
Por último, abandonando la calle Luchana y yendo hasta la calle Magallanes, en el tramo entre las calles de Arapiles y San Bernardo y escondido en un pequeño pasaje, encontramos una diminuta rareza: el Pequeño Cine Estudio.
El Pequeño Cine Estudio es un minisalas de versión original donde las películas, mayoritariamente reposiciones, duran meses en cartel. Aquí es donde hemos podido ver hasta hace poco la gran triunfadora de la pasada entrega de los Goya, 'La soledad', o donde he disfrutado de nuevo de películas como 'Al final de la escapada' (creo que ahora mismo la están volviendo a poner) o 'Centauros del desierto'.
No es tan barato como la Filmoteca, pero, a cambio, no ponen las películas solamente en dos ocasiones.
Y ahora, para poder seguir con esta especie de "guía" de fobias y filias paracinéfilas, el próximo día habrá que mudarse y visitar otra zona de la capital: nos iremos de viaje a la Gran Vía, la que fue la zona de cines y espectáculos por antonomasia de todo Madrid.
Nos vemos en los cines.
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Llego a casa tarde, como casi siempre. Me dicen "se ha muerto Azcona". Respondo "¡No jodas! ¿Azcona?". Me dicen que sí, que tenía cáncer. Me quedo pensativo.
Y resulta que ni le conozco ni es de mi familia, y me pregunto a mí mismo por qué me pone triste una noticia como ésta. Pero, si me paro a pensarlo, encuentro fácil la respuesta. Es como si hubiera muerto un amigo. No un amigo del alma, ese por el que te dejarías cortar una mano, pero sí un buen amigo. El amigo que conoces desde hace años, pero del que casi no conoces su vida. Ese que siempre tiene algo alegre para contarte cuando estás abatido, que parece tímido pero te habla con familiaridad, que consigue arrancarte una sonrisa, cuyas historias te han acompañado multitud de tardes y noches de tu vida.

Porque el señor Azcona era el mejor guionista que ha tenido (y tendrá) nunca el cine español.
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Si ya he dado un repaso a "difuntos" y preferidos, sólo me quedan por nombrar dos categorías de cines: los que evito y los que sólo visito en ciertas ocasiones.
El que evito es el cine Proyecciones (Fuencarral, 136).
Tras su remodelación, se ha convertido en un vulgar multisalas que, para mi asombro, se abarrota fin de semana sí y fin de semana también. Siguiendo las "modas" modernas posee salas más o menos pequeñas y en grada, pero carece, por poner un par de ejemplos, de acomodadores y de baños en todas las plantas. Eso sí, vendedores de palomitas y "cortadores" de entradas tiene unos cuantos. Que estos "cortadores" estén en la planta baja (y no en la puerta de cada sala) te permite entrar en la sala que quieras con tal de que tengas entrada, y la ausencia de acomodadores (y la dejadez de muchos espectadores) hace que tengas que estar reclamando tus asientos cuando no tendrías por qué. Para terminar de remartarlo, su precio no es lo que se dice muy asequible.
El que sólo visito en determinadas ocasiones es el cine Paz (Fuencarral, 125).
Situado a continuación de los dos Roxy, es un multisalas pequeño (muy pequeño) pero con dos características que lo salvan en cierto modo de la quema total a la que simbólicamente he condenado al Proyecciones: ponen películas "pequeñas" (o minoritarias, como prefiráis) que no encuentras en otros cines fuera del circuito de VO y, además, las mantienen durante bastante tiempo. Si buscáis esa película sudamericana (o francesa o italiana) que no han estrenado doblada en ningún otro sitio o aquella otra que ya han quitado de cartel en la mayoría de las salas, a lo mejor la siguen poniendo en el cine Paz.
Y con la entrada de hoy doy por terminada la calle Fuencarral.
Nos vemos en los cines.
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Después de hacer recuento de las salas "difuntas", toca el turno de hablar de mis cines preferidos de esta calle: a la altura del 123, y puerta con puerta, se encuentran el Roxy A y el Roxy B.
El Roxy A conserva todas las características de lo que para mí debe ser un cine (y que lo hacen un firme candidato a durar poco): una sala amplia con pantalla grande, con buen sonido y buena visibilidad; una buena selección de películas, al ritmo de un estreno cada 3-4 semanas, lo que me permite no tener que ir a ver una película el mismo fin de semana de su estreno; y un precio que se encuentra entre los más bajos de la capital.
En el colmo de la extravagancia, voy a dejar constancia visual de las preferencias del que sucribe cuando va al Roxy A:

El Roxy B tiene todas las buenas características del Roxy A (sala, pantalla, películas, precio) y un extra adicional: al igual que hicieron cines como el "difunto" Avenida, cuando los tiempos empezaron a volverse negros para las salas grandes, habilitaron una segunda sala justo encima de la que ya tenían, igualmente estupenda para el disfrute de una buena película. Como, por ejemplo, 'No es país para viejos', que ponen estos días en la sala 1.
Además de lo antes dicho, me gustan los dos Roxy porque en taquilla preguntan al espectador qué butacas quiere, cosa que en la mayoría de los cines no se hace.
Así que, cuando llega el viernes, lo primero que hago es echar un vistazo para saber qué películas ponen en estas dos salas y, si no hay más remedio, luego ya consulto en qué otras salas ponen las películas que quiero ver.
Nos vemos en los cines.
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Comentaba al comenzar el año que iba a hacer una especie de repaso a los cines madrileños según mis filias y mis fobias, y creo que el mejor lugar por el que puedo empezar (por número de salas y por mi asiduidad) es por la calle Fuencarral. Por si hay alguien perdido, hablo concretamente del tramo final de Fuencarral, el que va desde la glorieta de Bilbao hasta la glorieta de Quevedo, que es donde se "concentran" (si todavía se puede decir así, ya que cada vez quedan menos) todos los cines de esta calle.
Sin embargo, hoy tengo el día tonto y perezoso, por lo que voy a empezar el repaso no por los cines que hay, sino por los que ya no hay pero yo conocí.
Casi en la glorieta de Quevedo, al final de la calle, en el número 133, estaba el cine (y anteriormente teatro) Fuencarral. Se trataba de un cine "de los de antes", de pantalla grande y patio de butacas enorme con capacidad para cerca de mil espectadores, aunque en los últimos tiempos ya se notaba el cercano cierre y los asientos empezaban a dejar notar sus muelles. La verdad es que llegué a frecuentarlo muy poco y la última película que recuerdo haber visto allí fue 'Chicago'.
Actualmente, el número 133 está ocupado por un bloque de casas a puntito de ser terminadas, pero hasta hace cerca de un año, sobre el solar que ocupaba el antiguo cine (en el lateral del número 135) se podía ver un mural dibujado a carboncillo por Jorge Rodríguez en el que se veía a dos vecinas del barrio y que es el que reproduzco a continuación.

Los otros dos protagonistas de hoy estaban en la acera de los pares.
Justo en el otro extremo de este tramo de la calle estaba el cine Bristol (Fuencarral, 118): dos puertas (y una taquilla) sobre las que aún está escrito el nombre del cine, semiocultas a ambos lados del Opencor, y por las que se accedía a unas escaleras ascendentes que te llevaban a la sala. Mi recuerdo a partir de aquí se vuelve confuso y no podría asegurar su verdadero tamaño o cómo eran sus asientos, pero lo que si puedo recordar es que la última película que vi allí fue 'Los sin nombre'.
A día de hoy, la sala pertenece al Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música y se utiliza como local de ensayo para las representaciones del Teatro de la Zarzuela.
Por último, un poco más arriba y justo enfrente de los dos Roxy, en el número 126, se encontraban los minicines Fuencarral. Y realmente eran eso, MINIcines: salas minúsculas y alargadas de butacones enormes más propios del salón de mi casa que de un cine, pero que se agradecían profundamente en las sesiones maratonianas en las que estuve viendo 'Traffic' o 'La comunidad del anillo' (147 y 178 minutos, respectivamente), más teniendo en cuenta que en esta última estuve continuamente en tensión debido a que los personajes no paraban de correr, perseguir y ser perseguidos durante toda la película.
Ahora, el local está ocupado por una (otra más) tienda de Zara.
El próximo día empezaré con los cines que aún resisten.
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Sarkozy es mi nuevo ídolo, y no sólo por lo de Carla Bruni (que también).
El presidente francés pretende eliminar la publicidad de la televisión pública francesa y financiarla ¡¡con un porcentaje de los ingresos publicitarios del resto de cadenas!! De esta manera, los anunciantes estarían pagando por poner sus anuncios en unas cadenas y, además, por no ponerlos en las públicas. O lo que es lo mismo, las cadenas privadas estarían pagando a las públicas por la publicidad que ellos mismos tienen que emitir para financiarse.
Algunos optimistas (de las cadenas privadas) ven en este proyecto una oportunidad de eliminar a las cadenas públicas como rivales en la competencia por el share, pero yo no sería tan optimista…
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Sí, lo confieso: soy de esos que, de vez en cuando, van al cine a ver películas españolas. Incluso me disgusto si, por el poco tiempo que suelen durar en cartel y mi especial desagrado hacia las multisalas donde se proyectan, no llego a tiempo de poder verlas.
Qué le vamos a hacer, soy raro.
Vamos a repasar las que he visto en los últimos meses.

Aunque hace ya dos meses largos que se estrenó, la pereza me ha impedido hablar antes de "Mataharis", la última película de Icíar Bollaín.
La cinta cuenta la historia de tres mujeres que trabajan en una agencia de detectives y en la que cada una representa un momento de la vida: María Vázquez es la joven idealista encantada con su trabajo enfrentada a un supuesto caso de espionaje industrial; Najwa Nimri acaba de reincorporarse tras dar a luz y trata de compaginar su nueva condición de madre con su trabajo espiando a los demás... o a su propio marido; y Nuria González, la más veterana de las tres, se encarga de un caso de infidelidad matrimonial mientras ve como su propio matrimonio hace tiempo que ha llegado a un punto muerto. Tres mujeres acostumbradas a indagar en la vida de los demás pero que han descuidado mirar dentro de su propia vida.
Si alguno se quedó con las ganas en su día, y tratándose de una película española, seguro que aún podéis ir a verla a alguna minisala de VO.

La siguiente de este pequeño repaso es "La carta esférica", adaptación de Imanol Uribe sobre una novela de Arturo Pérez-Reverte.
Carmelo Gómez, tal vez porque no puede evitarlo y le viene de serie, pone cara de buena persona, Aitana Sánchez-Gijón luce su cuerpo serrano y hace de ambiciosa femme fatale y Enrico Lo Verso, quizás por serlo, presta su cara a un italiano que apunta maneras de mafioso pero que asusta más bien poco. Poco más hay que decir para los que hayáis leído el libro porque Uribe no se despega un ápice del original. Para los demás, contar que hay un mapa y un tesoro escondido, un piloto que no sabe vocalizar y un típico juego de finales falsos hasta que descubrimos quién se queda las joyas. El resultado es una película rígida, encorsetada y artificial a más no poder que, más por suerte que por desgracia, ni siquiera está ya en cartel. Si habéis podido aguantar sin verla, seguid igual y evitadla también en DVD.
(Pequeño inciso a costa de Pérez-Reverte. Parece ser que el año que viene vamos a tener Bicentenario hasta en la sopa y, a modo de adelanto, Alfaguara acaba de publicar 'Un día de cólera', un libro de encargo del que, como ya hiciera hace unos años con el aniversario de la batalla de Trafalgar, se ha encargado Pérez-Reverte. Si el texto va a incluir la misma transcripción fonético-festiva de la forma de hablar de los franceses que aparecía en 'Cabo Trafalgar' me parece que no voy a comprarme el libro de marras aunque me lo encuentre a 1€ en la Cuesta de Moyano.)

De "El orfanato" poco puedo contaros que no hayáis visto/oído/leído ya. Belén Rueda y Fernando Cayo, al que también se puede ver en "Mataharis" como jefe de la agencia de detectives, deciden convertir el antiguo orfanato donde se crió ella en un hogar para niños deficientes. Hasta el día en que su hijo, también adoptado, desaparece...
Se nota que su director, J.A. Bayona, ha visto mucho cine de género porque no hay tópico que no aparezca en pantalla: la vieja casa en un rincón apartado cerca del mar que, para más inri, había servido de orfanato, los ruidos, los golpes y la madera que cruje, hijo que desaparece, la medium y la sesión de espiritismo, extraños acontecimientos que tuvieron lugar en la casa... A pesar de tanto tópico, la película mantiene el interés de comienzo a fin y consigue no decaer ni flaquear. Eso sí, "El orfanato" no es, por mucho que la publicidad con la que nos han bombardeado durante meses nos lo diga, una de las mejores películas de terror de la historia (principalmente, porque no es una historia de terror) aunque sí es más que correcta. Avisados quedáis todos los que aún no hayáis sido víctimas de la exhaustiva campaña de acoso y derribo al espectador para que, si tiene que gastar sus euros en una única película, los gaste en esta.

La última de hoy es "Luz de domingo", película en la que José Luis Garci y su habitual coguionista, Horacio Valcárcel, adaptan una novela corta de Ramón Pérez de Ayala.
A Cenciella, pueblo políticamente dividido entre los partidarios del alcalde-cacique y sus detractores, llega un joven abogado (Alex González que, por mucho que le pongan barbita, es demasiado blandito para el papel que le toca torear) para ocupar la plaza de Secretario del Ayuntamiento. El posicionamiento del joven respecto a las disputas políticas del pueblo y su rivalidad con uno de los hijos del alcalde por el amor de Estrella (Paula Echevarría) desencadenan un episodio de "brutalidad y violencia caciquista rural" que llevará al enfrentamiento final entre el alcalde, un Carlos Larrañaga que está estupendo en este papel de cacique prepotente (qué ganas de partirle los morros que me entraron), y el abuelo de Estrella, un magnífico Alfredo Landa, asiduo desde hace años en la filmografía de Garci (inolvidable aquel Germán Areta en la que para mí es la mejor película del director, "El crack").
Sinceramente, Garci me ha sorprendido gratamente. Si os sirve de algo mi opinión, y aunque supongo que habrá mucha gente a la que directamente su nombre echará para atrás a la hora de ir al cine, merece los 6€ que hay que pagar (y si no os los queréis gastar, siempre queda el DVD).
El próximo día, repaso al cine extranjero que he visto en estos mismos dos meses.
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Peter Jackson sólo sabe hacer dos tipos de películas: las de mal gusto y casquería fina y las de correr mucho y de correr más.
"Criaturas celestiales" no cuenta: fue dirigida por el Peter Jackson de un universo alternativo.
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Ayer por la tade estaba sentado frente a la tele viendo la prueba final del Pasapalabra donde dos concursantes tenían la posibilidad de ganar 108.000 euros de premio por completar el famoso "rosco". La prueba consiste en adivinar 25 palabras que empiezan por (o contienen, en el caso de letras como la Q, la X o la Y) cada una de las letras del alfabeto (se excluyen la K y la W) de acuerdo a una definición proporcionada por el presentador. Después de darle tres vueltas al rosco, uno de los concursantes había conseguido contestar correctamente a todas las definiciones menos a la que comenzaba por la letra S. La definición era:
Apellido del actor protagonista de la película "Lolita" de Stanley Kubrick
El concursante confesó que no se acordaba ni de la película ni de su protagonista y, por tanto, no consiguió acertar el apellido requerido. Lamentablemente, aunque hubiera recordado la película, tampoco podría haber ganado.
Y no podría haberlo hecho por la sencilla razón de que el protagonista de "Lolita", el que da vida al atormentado profesor Humbert Humbert, es JAMES MASON, y no Peter Sellers como dijeron en el programa.
¿Es que nadie revisa las respuestas? ¿Cuántas respuestas erróneas más nos cuelan simplemente porque no podemos saberlo todo (aunque algunos estemos muy cerca de conseguirlo)?
En mi opinión, errores como éste hacen perder muchos puntos a un concurso.
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En estos tiempos modernos en los que cualquier niño de 6 años es capaz de conducir a 200 km/h tiroteando transeuntes en algún remedo digital de ciudad norteamericana como si nada y en los que los titánicos decorados y las multitudinarias escenas de extras de las películas son enteramente creados por ordenador, bienaventurados los que aún retengan la capacidad de maravillarse ante un "simple" juego de manos, ante un truco de magia con baraja "de los de siempre". Bienaventurados por siempre los que se emocionen con cada una de las historias de René Lavand.
Mago, manco, argentino: René Lavand.
Conoced la historia del encuentro con el Cumanés, intentad descubrir el secreto de Victorio de Pardu y, finalmente, asombraos porque ¡no se puede hacer más lento!
La historia del Cumanés
La historia de Victorio de Pardu
No se puede hacer más lento
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Ethan cabalga tras Debbie para matarla. Martin trata de impedirlo, pero Ethan le esquiva y sigue persiguiendo a Debbie hasta que ella cae y él la alcanza. Entonces Ethan baja del caballo, la recoge del suelo mientras ella encoge los brazos para tratar de protegerse y la levanta por encima de su cabeza. Justo como había hecho cinco años atrás, el día en que llegó a casa de su hermano. Pero cuando la baja, ya no hay odio en su mirada, ya no piensa en matar. Lo que vemos es cómo la acuna en sus brazos y le dice: "Vámonos a casa, Debbie".
¿Qué impulsa a Ethan a ir en busca de Debbie? Si al principio entendemos que quiere rescatar a su sobrina, más tarde hemos visto su mirada de odio hacia las muchachas blancas que crecen en poblados indios. ¿Es sólo eso, amor u odio, lo que le empuja a mantener su persecución durante años?
Hay quienes opinan que los cinco años de búsqueda transforman a Ethan, que el enfrentamiento con su oponente (que, en el fondo, no es sino alguien muy parecido a él) le hace mirarse a sí mismo y le devuelve cierta humanidad. Sin embargo, el llevar a Debbie a casa, aunque sea a una nueva casa, la de los Jorgensen, lo que hace es devolver las cosas a su sitio, volver a "ordenar" el mundo de Ethan que quedó roto con la muerte de su familia. No se puede definir a Ethan sin contraponerlo con su hermano Aaron: mientras el primero es alguien que vaga sin rumbo fijo y no tiene un hogar, el otro ha formado una familia y se dedica a criar animales y cultivar la tierra. Por tanto, aunque posiblemente enfrentados, ambos son complementarios y cada uno se define tanto por lo que tiene como por lo que le falta.
Y es que Ethan no permanecería errante si no tuviera un sitio al que volver y del que irse. Cuando los indios atacan la casa de su hermano, desaparece ese sitio y sólo el conseguir llevar a Debbie de nuevo a "casa" restablecerá su "orden" y le devolverá la tranquilidad de saber que se encuentre donde se encuentre habrá un sitio al que podrá regresar.
Cuando se vaya de nuevo, podrá seguir intentando "encontrar su corazón y su alma, buscando ahí fuera", pero mientras tanto "cabalga lejos, cabalga lejos, cabalga lejos... "
Escena final de 'Centauros del desierto' (John Ford, 1956)
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Ayer yendo en un atestado vagón del metro me fijé en una camiseta de esas que llevan una frase escrita. La persona que la llevaba estaba sentada a cierta distancia y no podía verla entera pero, después de un rato de intentarlo, conseguí leer esto:
"I'm not even supposed to be here today" Dante
Vale. Mi inglés no es que sea una maravilla pero para entender la frase me llega. Sin embargo... ¿Dante? Por más que le daba vueltas al asunto no lograba entender en qué situación debía encontrarse Dante para decir tal frase y para que pudiera ser tan famosa como para que alguien se molestase en estamparla en una camiseta. Y así seguía hasta que llegamos a la siguiente estación y el dueño del mensaje se levantó de su asiento y entonces pude leer la cita completa:
"I'm not even supposed to be here today" Dante (Hicks)
Entonces lo sentí: una especie de alegría íntima, de victoria interior, que me sucede cuando reconozco una frase, una cita, en un libro o una película. Esa es la primera parte del título de la entrada de hoy, reconocerlo.
Después me puse a pensar en la gente del vagón. Allí estábamos unas cuarenta personas de las que calculo que apenas cuatro (y siempre tirando por lo alto) sabrían a qué se refería el texto de la camiseta de la que estoy hablando. Esa es la segunda parte del título de esta entrada, reconocerse.
Tal vez os preguntaréis "¿reconocer el qué?", así que os lo voy a decir. Reconocer que uno es un puñetero freak que se pirra por las citas, que se alegra como un crío pequeño cuando descubre los guiños ocultos en las películas, que se le pone cara de tonto por las referencias dejadas a propósito por el autor en un libro.
Pero qué le vamos a hacer... ¡nadie es perfecto!
Y ahora me voy porque he quedado para comer en el Dorsia (sí, ya sé lo que cuesta conseguir una mesa) y antes tengo que ir a devolver unos vídeos.
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Aprovechando un ciclo que terminaba este pasado mes de abril, el dedicado a la filmografía de Richard Fleischer, y uno que comenzaba, el que se llama 'Creadores de espacios', he retomado la (sana) costumbre de visitar de manera asidua la Filmoteca. Y aunque ya es mayo el mes que casi termina, no quería dejar pasar un par de películas que he visto porque se me van acumulando y amenazan con desbordar la carpeta de borradores del blog.

'Amityville 3-D' (Richard Fleischer, 1983), titulada en España 'El pozo del infierno', fue la tercera y (gracias a Dios) última entrega de la serie de películas que tiene como protagonista a esta casa encantada (aunque creo que hace no mucho hicieron otra más basada en la misma historia). Siguiendo una de las modas de la época, la historia fue rodada de manera que al visionarse en pantalla produjera la sensación de 3-D, con objetos y personas saliendo de la pantalla. Sin las famosas gafas bicolores en muchas de las escenas, bien los objetos de primer plano, bien las cosas del fondo de la pantalla, se ven borrosos.
La misma historia de siempre, efectos bastante cutres, una jovencísima Meg Ryan y multitud de escenas forzadas para que alguno de los objetos en pantalla se abalance sobre el espectador.
Como ni Fleischer ni nadie puede sacar algo de donde no hay nada pasemos a la siguiente película.

Un tipo serio se apea de un taxi y solicita habitación en un hotel. Una señorita le espera para acompañarle desde el ascensor. Entran en la habitación y ella le prepara la bañera, además de ofrecerse como compañía para compartir el baño y la noche. De repente, un individuo con gabardina y sombrero aparece y ataca al protagonista, que saca una pistola y dispara, haciendo huir a su atacante. Después, continua deshaciendo la maleta y se prepara para el baño. Ese es el absurdo comienzo de 'Alphaville' (Jean-Luc Godard, 1965), que aquí recibió el título de 'Lemmy contra Alphaville'. O al menos a mí, que no conocía nada del argumento de la película, me pareció absurdo y sin sentido.
El título de la película hace referencia a la ciudad en la que transcurre la acción, creación de un científico desterrado y gobernada por un gran ordenador central que se rige por la lógica y que censura los sentimientos y su exteriorización.
Nunca he tenido especial predilección por el cine francés (salvando a Tavernier y algo de Truffaut) y ésta no es la película adecuada para que me reconcilie con él. A pesar de ser buen aficionado a la ciencia-ficción y de reverenciar (en secreto) películas de dudoso gusto y calidad, sólo recomiendo 'Alphaville' como curiosidad. Y una vez vista, puede ser perfectamente olvidada sin temor a que ningún rayo venga a partirnos en dos por haber ofendido a nadie.
Y eso es todo por hoy. A ver si la próxima vez puedo hablar de películas más interesantes.
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No publiqué esta entrada en su momento (finales de noviembre) y desde entonces la tenía guardada esperando que estrenaran en España la última película de Darren Aronofsky. Así que, aunque sea con seis meses de retraso, aprovecharé que por fin la estrenan a este lado del Atlántico para simplemente actualizar la vieja entrada y no tener que escribir nada nuevo.

Después de la más que interesante 'Pi' (1998) y de la estupenda 'Réquiem por un sueño' ('Requiem for a Dream', 2000), Aronofsky tira la casa por la ventana y se lanza a contarnos mediante tres episodios, separados en el tiempo por varios siglos, una historia de amor y el intento de trascender la muerte (TRAILER).
'La fuente de la vida' ('The Fountain', 2006) es un derroche visual acerca de la búsqueda por parte del científico protagonista (Hugh Jackman) de una cura para el cáncer, enfermedad que padece su esposa (Rachel Weisz, a la vez esposa del director). Al mismo tiempo, ella escribe una historia acerca de otra búsqueda, la de la fuente de la eterna juventud, llevada a cabo por un soldado español del siglo XVI. Y a la vez, una tercera búsqueda ambientada en el futuro con la que el protagonista quiere recuperar a su esposa.

Aunque ya había jugado con la metafísica mezclando la ciencia y la búsqueda de Dios en 'Pi' (de la mano de la interpretación de la cábala que hace el protagonista gracias a su talento para las matemáticas), con 'La fuente de la vida' Aronofsky se desmelena y nos plantea un discurso de dos horas sobre búsquedas y reencarnaciones a lo largo del tiempo y sobre el amor eterno más allá de la muerte, adornado todo ello con imágenes impactantes y preciosistas.
Imagino que con su tema y semejante envoltorio visual esta película tendrá detractores feroces a la vez que defensores a ultranza. Reconozco que durante todo el metraje me encantó la presentación pero, pensando ahora en algo destacable que me dejara la película en la memoria, no encuentro una historia que me atraiga y el resultado es que me deja bastante frío. No me importa que Aronofsky quiera contarme sus ideas de reencarnaciones, trascendencia del amor sobre la muerte y demás, pero que al menos me regale una historia sólida y no solamente imágenes bonitas.
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Durante los meses de marzo y abril, la Filmoteca está haciendo un repaso a la filmografía de Richard Fleischer, fallecido hace poco más de un año, lo que me ha permitido volver a ver este par de películas.
(Inciso sobre la Filmoteca: avisados quedáis de que deberíais echar un vistazo al programa de este mes porque comienza un ciclo nuevo, 'Creadores de espacios', en el que se va a hacer un repaso a multitud de clásicos del cine mudo, amén de otras películas no tan antiguas pero clásicos igualmente.)

La primera que he visto ha sido 'Viaje alucinante' ('Fantastic voyage', 1966).
La historia creo que ya la conocéis todos: en el transcurso del intento de asesinato de un científico que posee un importante secreto militar éste queda en coma a causa de un coágulo cerebral. Para la eliminación del coágulo, imposible mediante una operación, se procede a la miniaturización de un submarino y de sus cinco tripulantes, que serán introducidos por la yugular y transportados junto a la sangre hasta el cerebro. Pero sólo tienen 60 minutos para deshacer el coágulo y llegar al punto de salida...
A pesar de los 40 años que han pasado desde su estreno, la película se sigue dejando ver con agrado. Podemos achacarle un cierto toque inocente, que no simplista, y varios errores científicos (errores que pidió poder enmendar el escritor Isaac Asimov en la posterior novelización que hizo a partir del guión original) pero conserva el sentido de la maravilla que debería acompañar a toda película de aventuras que se precie.
Gracias a los enormes decorados y a los efectos visuales descubrimos en nuestro viaje por el cuerpo humano el interior del oído, el intercambio gaseoso en los alveolos pulmonares, la fuerza que acompaña a cada latido del corazón o las fuerzas de seguridad del organismo que nos protegen de infecciones (¡que les pregunten a Raquel Welch o a Donald Pleasance acerca de anticuerpos y glóbulos blancos!).
'Viaje alucinante' es la aventura de explorar lo desconocido, aunque en esta ocasión no sea el espacio exterior sino el espacio interior, el innerspace que años más tarde daría título a esa especie de remake que es 'El chip prodigioso' ('Innerspace', Joe Dante, 1987).

La segunda de las películas de R. Fleischer que he visto durante este ciclo ha sido 'Cuando el destino nos alcance', aunque mucha gente la conoce más por su título original, 'Soylent Green' (1973).
Basada en la novela '¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!' ('Make room! Make room!, 1966) de Harry Harrison, la película presenta un mundo, allá por el año 2022, con graves problemas de superpoblación y en el que los ricos disponen de todas las comodidades (y que en esta época pueden tratarse de un simple filete de buey o de una pastilla de jabón) mientras que el resto de la población debe acudir regularmente a por sus raciones de agua y de comida, unos preparados alimenticios con forma de galletas y de diferentes colores elaborados por la empresa Soylent.
En la ciudad de Nueva York, el detective Robert Thorn (Charlton Heston), miembro de un cuerpo de policía totalmente corrupto, cuenta con la ayuda de su amigo Sol Roth (Edward G. Robinson) para resolver el asesinato de William Simonson (Joseph Cotten).
'Cuando el destino nos alcance' se aleja totalmente del tono naive de la anterior y recurre a uno de los tópicos de la ciencia ficción: las consecuencias de la superpoblación y de la caída de los recursos del planeta. A pesar de alguna nota "discordante", como el tema del mobiliario que acompaña a cada apartamento, no deja de ser una visión bastante "creíble" de un futuro cercano (la novela original situaba la acción en el año 1999 y la película en el año 2022) teniendo en cuenta hasta donde puede llegar el hombre en el trato a sus semejantes y del tremendo poder de las multinacionales.
Y después de este negro comentario me vuelvo al sillón a disfrutar de lo que me queda de vacaciones.
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Hago un pequeño parón en mis merecidas vacaciones de Semana Santa para venir a contaros qué me ha parecido '300', la adaptación que ha hecho el director Zack Snyder del cómic (sobre el que recomiendo este enlace) de Frank Miller (TRAILER).
Pues por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a tener que estar de acuerdo con el amigo Lord.
Sabiendo que tomamos como punto de partida un cómic que no pretende ni mucho menos ser fiel a la historia original y que se caracteriza precisamente por su poderío visual, no podemos pedir a su adaptación a la gran pantalla más de lo que nos da: un derroche de acción e imágenes espectaculares con la narración de la batalla épica de un reducido grupo de espartanos en el desfiladero de las Termópilas contra todo el ejército persa.
Sí, tal vez hay momentos que nos puedan parecer un poco ridículos (ese Jerjes a la espalda de Leonidas diciéndole que no es su látigo lo que temen sus súbditos), pero es que a veces se nos olvida que el cine se hizo para entretener y, en ocasiones como ésta, hacer disfrutar al personal que va a la sala de proyección. Así que no os dejéis amedrentar por opiniones adversas y corred a verlo por vosotros mismos al cine.
Eso sí, mi recomendación, como siempre, es que elijáis una pantalla grande (para residentes en Madrid capital y alrededores, el Cid Campeador es una muy buena opción) y huyáis siempre de las ridículas minisalas.

En definitiva, dos horas de cine-espectáculo del bueno como llevábamos años sin ver.
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