martes, noviembre 11, 2008

Microrrelato: Leyenda Urbana

Leyenda Urbana


La serpiente me quedó más gorda de lo previsto. Demasiado relleno. O puede que esas viejas medias verdes estuvieran muy dadas de sí. Sin embargo, los murciélagos peludos de mi padre que colgaban del tejado del porche eran nuestro mayor logro de este año. Papá… Quizá estuviera ya mayor y a veces confundiera la Navidad con Halloween, pero siempre había tenido una maña especial para fabricar adornos con cualquier trasto viejo. Esta misma mañana me había prometido una gran sorpresa para los niños, algo que no olvidarían jamás. Por eso, y a pesar de que comenzaba a helar, decidí no encender la chimenea hasta verle aparecer por la puerta.



Microrrelato perpetrado tras la resaca de Halloween, con las Navidades ya en la cabeza, y presentado (aunque de ahí no haya pasado) al concurso de microrrelatos de Cadena Ser y Escuela de Escritores.
Más detalles sobre este concurso y los relatos finalistas de cada semana, aquí.

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martes, diciembre 18, 2007

Tierra de Leyendas VI: 'Carta al padre'

Ha pasado más de un año desde la última convocatoria del concurso Tierra de Leyendas en Sedice (clasificaciones y relatos, aquí), pero parece que ya está en marcha el TDL VII.

Yo, que siempre ando con algo de retraso, cuelgo ahora el relato con el que participé entonces y, durante estos días navideños de juerga y alboroto, me pienso si participar este año.


CARTA al PADRE


Todavía no entiendo por qué comienzo de nuevo a escribir un texto que sé que nunca vas a poder leer. Si alguna vez te importó lo que yo pudiera pensar de tus acciones lo supiste esconder perfectamente a lo largo de todos los años que pasamos juntos. A pesar de todo, me gustaría creer que la distancia que interponías entre nosotros no era más que una coraza y que efectivamente había un hueco en tu corazón para mi madre y para mí. ¿Y por qué? Supongo que los años que han pasado desde la última vez que te vi, esos mismos que han avanzado rápidamente nublando mi vista a la vez que despejando mi frente, son los culpables. Ahora que mis hijos han tenido hijos, y aún éstos han tenido a su vez los suyos, me acosan en la noche las dudas sobre si habré sido un buen ejemplo para todos ellos y mi memoria vuelve a ti.

Recuerdo que cuando era niño ya me parecías anciano, con tus cabellos grises que resplandecían bajo el sol de la mañana y tus manos arrugadas por el tiempo y el trabajo del campo. Las historias que nos contabas a Isaac y a mí para que entendiéramos la grandeza de tu dios son uno de los mejores recuerdos que tengo de ti. Me impresionaba como abrías los brazos queriendo abarcar todo a nuestro alrededor y como tus ojos claros eran capaces de traspasar las mentiras de nuestras palabras para descubrir si en nuestros corazones habíamos dejado de rezar las oraciones pertinentes. Conservo también algún recuerdo borroso de antes, del principio de ser, apenas sensaciones como el calor de tu palma en las noches que tenía fiebre o el olor de la huerta después de una tormenta. En las madrugadas frías en que el insomnio me hace vagar por la casa, mientras compruebo que mis nietos duermen tranquilos y les abrigo echándoles las ropas por encima, me pregunto si a sus ojos serán mis manos tan grandes como a mí me parecían las tuyas.
Jamás vi nada raro en que mi madre y yo durmiéramos en un cuarto diferente a donde lo hacíais Isaac, Sarah y tú. Separados de vosotros por una pared de adobe, madre me hablaba de cómo tu fe había hecho posible que concibieras un hijo con ella y de cómo mi nacimiento supuso la llegada de la felicidad a tu casa. A esas noches pertenece la mejor imagen que guardo de ella: radiante y llena de felicidad y de amor por un hombre que ya había olvidado el calor de su cama. ¿Dejaste de interesarte por ella cuando supiste que era cierta la promesa de que ibas a volver a ser padre? ¿Acaso esa promesa incluía marginar a la madre y al niño? Y aún así, qué cálidas me parecían tus palabras y qué sinceros los besos de mi infancia.
Fue más tarde, cuando crecí lo suficiente, que empecé a entender algunas cosas y a cuestionarme varias de tus acciones y decisiones. ¿Por qué era mi hermano el único alumno de tus lecciones? ¿No era digno de aprender su palabra? Quizá sólo me considerabas apto para atender al rebaño. Si supieras cómo deseaba entonces que me eligieras para seguirte en tus paseos de meditación al desierto y las lágrimas que dejé en mi cama pensando en renunciar a tu dios para que te fijaras en mí y me condujeras de nuevo al buen camino... El recuerdo de esa absurda determinación infantil me hace sonreír porque sé que todas mis protestas hubieran sido inútiles. Mientras yo quería renegar de ti y de tu fe, las atenciones que habías puesto sobre Isaac hacían que mi hermano te siguiera ciegamente, acatando tus sugerencias como órdenes y transformando tus palabras en verdades absolutas. Pero ni siquiera cuando me di cuenta de esto, podía imaginar a dónde nos conduciría tanta devoción.

Amanecí con el frío metido en los huesos y ni siquiera el sol que me acompañaba en mi camino a los pastos logró confortarme. Una mano helada removía mi espíritu y me urgía a desandar el camino para volver a la casa. Al llegar, descubrí que habías emprendido camino cargado con comida para varios días y acompañado por mi hermano. Durante dos días os seguí por el desierto, oculto día y noche para que no me descubrierais, hasta que al fin llegamos al monte Moriah. Para entonces comprendía que algo malo estaba a punto de suceder. Lo veía en tu manera de meditar tras las comidas, errante y ausente, y en esa mirada de Isaac buscando el suelo, sumiso y entregado.
Al tercer día se nubló el cielo y supiste que había llegado el momento. Te vi levantar en la ladera de la montaña un altar y, mientras me acercaba intrigado, vi a mi hermano tumbándose sobre la pila de leños. ¡No podía creer lo que veían mis ojos! ¡Quise gritar y correr hacia vosotros para detener vuestra locura! Pero la voz se me quebró al intentar salir de la garganta y mis piernas se volvieron agua y dejaron de sostenerme. Cuando alzaste el cuchillo y gritaste al cielo anunciando la entrega de tu primogénito, mi corazón terminó de quebrarse. ¿Cómo podías tener el pulso firme? ¿Cómo el alma serena? De repente, vi despacio el cuchillo resbalando de tus manos y a ti postrarte de rodillas alabando a Yahvé, Isaac llorando entre tus brazos. ¿De verdad estabas dispuesto a degollar a tu hijo favorito? ¿Qué dios podría pedirte semejante sacrificio?

Durante todos los años en que aún viviste jamás te conté que sabía vuestro secreto. De nada hubiera servido, pues mi alma no podía ya encontrar alivio en ninguna de tus acciones. Nunca había sido tu favorito y ahora sabía que, a pesar de haber sido tu primera alegría, tampoco me considerabas el primogénito y quizás ni siquiera un verdadero hijo.

No te guardo rencor, padre. A ti, que llevabas por nombre “padre de multitudes” y que no supiste conservar a tu lado a alguien de tu carne y de tu sangre. A ti, que en tu amor por tu dios olvidaste el amor por tu descendencia. A ti no puedo odiarte. Porque a lo largo de todo este tiempo he sabido en lo más profundo de mi corazón que habría ocupado mi lugar en aquel altar si tú me lo hubieras pedido.

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lunes, octubre 01, 2007

Escribir, según Stephen King

Habrá gente para la que Stephen King sea un autor a denostar. Sin embargo, yo creo que tiene unas cuantas novelas muy buenas y, sobre todo, que es un escritor de cuentos estupendo. En "Mientras escribo", King hace un repaso de sus comienzos, seguido de un análisis de la profesión de escritor y de lo que es escribir. De entre todo lo que cuenta, hay algunas cosas que me resultan familiares. Por ejemplo...


"Cuando he empezado un proyecto no paro, y sólo bajo el ritmo si es imprescindible. Si no escribo a diario empiezan a ponérseme rancios los personajes, con el resultado de que ya no parecen gente real, sino eso, personajes. Empieza a oxidarse el filo narrativo del escritor, y yo a perder el control del argumento y el ritmo de la narración. Lo peor es que se debilita el entusiasmo de crear algo nuevo; empiezas a tener la sensación de que trabajas, sensación que para la mayoría de los escritores es el beso de la muerte. Cuando se escribe mejor (siempre, siempre, siempre) es cuando el escritor lo vive como una especie de juego inspirado. Yo, si quiero, puedo escribir a sangre fría, pero me gusta más cuando es algo fresco y quema tanto que casi no se puede tocar."


"Mientras escribo" (Stephen King, 2000)


Lectura recomendable para todos los que de vez en cuando se sientan frente a una hoja en blanco, ya sea de papel o en el ordenador, e intentan juntar palabras para terminar formando algo con sentido.

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jueves, junio 21, 2007

Efímero #113

La gente de EFÍMERO me avisa puntualmnte de que ha salido un nuevo número en el que podéis leer el siguiente microrrelato:


PRIMER ENCUENTRO


Alicia me ha dicho que le gusto. Ha sido en el parque, hoy mismo, a media tarde. Y me lo ha soltado así, sin venir a cuento...



Los habituales ya lo leísteis en su día. Los que no pudisteis leerlo, podéis encontrarlo en Efímero #113.

También encontraréis relatos de Jabier Martínez y de José Javier Bataller.

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domingo, junio 10, 2007

Lucidez extrema

Quizás un manicomio es el mejor sitio desde el que observar el mundo que nos rodea.


Deseo de ser piel roja


La llanura infinita y el cielo su reflejo.
Deseo de ser piel roja.
A las ciudades sin aire llega a veces sin ruido
el relincho de un onagro o el trotar de un bisonte.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto: no hay tambores
que anuncien su llegada a las Grandes Praderas.
Deseo de ser piel roja.
El caballo de hierro cruza ahora sin miedo
desiertos abrasados de silencio. Deseo
de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto y no hay tambores
para hacerlo volver desde el reino de las sombras.
Deseo de ser piel roja.
Cruzó un último jinete la infinita
llanura, dejó tras de sí vana
polvareda, que luego se deshizo en el viento.
Deseo de ser piel roja.
En la Reservación no anida
serpiente cascabel, sino abandono.
DESEO DE SER PIEL ROJA.
(Sitting Bull ha muerto, los tambores
lo gritan sin esperar respuesta.)


(Leopoldo Mª Panero, 'Tarzán traicionado', 1967)


El lamento del vampiro


Vosotros, todos vosotros, toda
esa carne que en la calle
se apila, sois
para mí alimento,
todos esos ojos
cubiertos de legañas, como de quien no acaba
jamás de despertar, como
mirando sin ver o bien sólo por sed
de la absurda sanción de otra mirada,
todos vosotros
sois para mí alimento, y el espanto
profundo de tener como espejo
único esos ojos de vidrio, esa niebla
en que se cruzan los muertos, ese
es el precio que pago por mis alimentos.


(Leopoldo Mª Panero, 'Last night together', 1980)


Aprovechando uno de los reportajes de El País a pie de caseta desde la Feria del Libro de Madrid.

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miércoles, mayo 16, 2007

Efímero #111

Mientras estaba de viaje por León ha salido el número 111 del e-zine EFÍMERO en el que podéis encontrar el siguiente microrrelato:


LA RAÍZ DEL PROBLEMA


Era, sin duda, un matemático de primer orden. Durante toda su vida académica su máximo empeño había sido trasladar la abstracción matemática a la realidad cotidiana, resolver mediante complicadas fórmulas las pequeñas dificultades del día a día. Después de estudiar multitud de situaciones, cada una con sus miles de variantes, llegó a la única conclusión que le pareció lógica...



Si queréis terminar de leerlo, tendréis que visitar el Efímero #111.

También encontraréis relatos de Raúl Fernández Coronil y de Frank Roger.

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lunes, mayo 07, 2007

La cartilla "Micho" de Edipo


Mi mamá me mima ¡mucho!

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martes, febrero 27, 2007

Primer encuentro (Microrrelato)



Alicia me ha dicho que le gusto. Ha sido en el parque, hoy mismo, a media tarde. Y me lo ha soltado así, sin venir a cuento, mientras me miraba con esos ojos suyos grandes y negros. Creo que no le ha gustado que me marchara sin decir nada y continuara jugando al balón con el resto de los niños.

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domingo, febrero 04, 2007

Noche de Viernes (Microrrelato)



Esta mañana he conocido a la chica con la que me acosté anoche.


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viernes, enero 26, 2007

Un regalo

Para Ricardo


LA VIDA es como el jazz.

Improvisamos una partitura
y al cabo de un instante
varios músicos tratan
de armonizar sus notas con las nuestras,
de compartir el ritmo; y a la vez,
ser fieles a su propia melodía.

Yo disfruto tocando así contigo,
y no me importa mucho
que el tema sea largo o sea corto,
tu instrumento de cuerda
o el mío de metal.

Lo que importa es que suene la canción,
que sea imprevisible.

Así nos conocimos.

La vida, como el jazz,
no deja reducirse a un pentagrama.



¿A quién no le hace ilusión que le regalen un poema por su cumpleaños? Éste fue mi regalo de hace un par de años. Aunque aún no está publicado (y no sé si desde entonces su autora lo ha revisado y modificado), Ariadna me dio permiso para ponerlo aquí y hoy es un buen día para hacerlo.

Muchas gracias de nuevo por el regalo, te debo una invitación a lo que quieras.

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viernes, enero 19, 2007

Efímero #102

Acaba de salir el número 102 del e-zine EFÍMERO en el que podéis encontrar el siguiente microrrelato:


PLÁSTICO FRÍO


Bárbara guardó en la bolsa de viaje sus vaqueros viejos y sus camisas anchas, dejando en el armario abrigos de pieles y trajes de noche. Al salir del dormitorio, su reflejo en el espejo del tocador la detuvo. La mujer rubia y de mediana edad que la contemplaba no distaba demasiado de la que la había contemplado todas las mañanas desde hacía veinte años. Pero el brillo que la determinación había hecho aparecer en sus ojos...



Si queréis terminar de leerlo, tendréis que visitar el Efímero #102.

También encontraréis relatos de Errantus y de Julián Díez.

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lunes, mayo 29, 2006

CUENTOS #03 - Luca

LUCA


Me llamo Luca y tengo cinco años. Mamá me puso el nombre por una canción de Suzanne Vega. Yo no sé quién es, pero a mi mamá debió de gustarle mucho. Tampoco conozco a mi papá. Vivo con mamá y con mi tío Mario, pero en mi casa hay muchas personas más. No los conozco a todos porque algunos sólo vienen a pasar la noche y otros no se quedan lo suficiente. Mi casa es muy grande, así que no tenemos problemas de espacio. Mario no es mi tío, pero como todo el mundo le dice “Mario, tío, déjame algo” yo lo llamo así. A mamá y a él les hizo mucha gracia cuando lo oyeron por primera vez. No siempre ha estado con nosotros. Antes de que llegara a casa, mi mamá lloraba mucho y se ponía mala a menudo. Se acurrucaba en un rincón y temblaba y sudaba mucho. Yo iba a su lado y ella me abrazaba. Me decía “pronto pasará”, pero siempre volvía a enfermar. Recuerdo el día en que llegó Mario porque trajo una gran mochila azul. Ninguno de los que viven en la casa trajo nunca bolsa o mochila porque no tienen con qué llenarlas. Él era diferente.
Lo conocimos el día de la herida de mi rodilla. Aunque la casa es grande casi no hay muebles: sillas, algunas mesas viejas y colchones y alfombras que hace mucho que perdieron el color. Nada más, salvo las piedras y los cristales que cubren todo el suelo. Uno de éstos me clavé mientras jugaba en una de las habitaciones de arriba. Me caí al meter el pie en un agujero del suelo que no vi. Y es que en mi casa siempre hay mucha oscuridad porque las ventanas están tapiadas con ladrillos. Podríamos quitarlos pero mamá me ha advertido que no sería bueno que la gente nos viera por ellas. Yo no lo entiendo, pero como nadie los quita, sólo dos o tres por ventana, debe de estar bien así. Cuando grité, Mario vino. Al ver que sangraba, me cogió en brazos y me llevó a que me curaran. Desde entonces vivimos los tres juntos. A la semana mamá volvió a ponerse mal y Mario se enfadó mucho con ella. Le dijo que se iría si lo volvía a hacer. Pero no se fue, aunque mamá enfermó tres veces más. Ya no. Ella se lo ha prometido.
Ahora por las mañanas voy a una biblioteca que hay enfrente de mi casa. Yo no sabía lo que era pero mamá y Mario me lo explicaron. Tienen unas sillas pequeñas en las que me puedo sentar sin que me cuelguen las piernas y unas mesas a mi altura, pero lo que más me gustan son los libros. Hay libros por todas partes, desde el suelo hasta el techo en todas las paredes. Yo no sé leer, pero mamá me ha enseñado un sitio donde hay libros llenos de dibujos y me paso todo el día mirándolos.
Desde hace unos días la gente de la casa anda nerviosa porque dicen que tenemos que irnos. He preguntado a mamá y me ha dicho que no me preocupe, que ya nos arreglaríamos. “Igual que vinimos a esta casa, iremos a otra”. Si eso es verdad, voy a echar mucho de menos la casa. No recuerdo haber tenido otra casa, pero recuerdo una noche en que mamá me despertó cuando dormía. La noche era muy oscura pero había destellos azules por todas partes y alguna que otra sirena. Siempre había creído que era un sueño. Quién sabe.
Hoy en la biblioteca he visto mi casa en un periódico. No estaba gris ni cubierta de polvo. Tampoco parecía a punto de venirse abajo, pero no hay duda, el dibujo del papel era mi casa: era mi castillo.



Madre mía, cómo pasa el tiempo...
Aquí tenéis el primer cuento que escribí para que fuera leído por personas que no me conocían. Se presentó al I Certamen de Relato Rápido de la UPA (Universidad Popular de Alcorcón), convocado con motivo de la Feria del Libro de 1998 de Alcorcón, en el que el objetivo era escribir sobre un tema propuesto (en este caso, los castillos del Marqués de Valderas). El tema se dio a conocer a las 12 de la mañana y, teniendo como fecha de entrega las ocho de la tarde de ese mismo día, el límite eran dos folios. El premio consistía en cinco libros a elegir de entre todos los de las casetas de la Feria. Se presentaron 12 cuentos y ganó el mío.
Como veis el tema era demasiado local (y además, en el caso de mi relato, circunscrito a una determinada época en la que los castillos no estaban como están ahora), lo que puede hacer que no termine de comprenderse del todo. Lo cuelgo a modo de curiosidad y para terminar de vaciar poco a poco el Arcón de los Relatos Pasados. Sed benévolos que este relato ha acumulado mucho polvo.

Para terminar, voy a justificarme un poquito ante los que me acusan de vago ya que creo que este temprano triunfo ha sido el que ha truncado mi posterior carrera de cuentista: ahora no me apetece escribir si no hay un premio a la vista y nunca si hay que completar más de 5 folios. Y las veces que se dan esas circunstancias, puede que ni aún así.

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jueves, mayo 25, 2006

ARTISTA INVITADA: ARIADNA G. GARCÍA

II


Mientras tú descansas sometido por el sueño, ellos
remarán por el mar encalmado hasta que llegues
a tu patria y a tu casa, por distante que esté.
LA ODISEA


Hace bastante tiempo que me siguen
las sombras alargadas de dos niños
huyendo por la noche de su casa.


Jugaban con los cliks a la conquista
de un nuevo territorio en el salón,
sus cañones lanzaban bolas negras
que la madre barría
detrás de cada mueble. Sin embargo,
jugaban sin la prisa de costumbre
por acostarse pronto; aunque el colegio,
astro oscuro apostado en la ventana,
mirase preocupado
la batalla sin fin sobre el parqué.

Sonó entonces el timbre de la puerta.

Llegaron, para asombro de los niños,
algunos familiares de muy lejos
cargados de mochilas que llenaban
con la ropa doblada en los armarios.
Dijeron que venían en su busca
a llevarlos consigo a un nuevo hogar.

Dejaron el ejército a su suerte.

Enterraron la infancia en aquel piso.

No habría más meriendas en verano
bajo un sauce llorón de la piscina.
Tampoco atentarían contra el sueño
profundo de los padres las mañanas
de los días festivos, en que entraban
silenciosos al cuarto, a despertarles.


Ninguno de los niños conquistó,
con sus soldados fieles al Imperio
de los Austrias, el territorio virgen
del suelo de terrazo, ni las cumbres
azules del sofá
de su nuevo salón; pues se dejaron
las tropas en la casa abriendo fuego
contra el avance, al este, de los turcos.

Entraban, abrazados, en la lluvia
dispuestos a partir en la gran noche
cuando se dieron cuenta del olvido.

Fue demasiado tarde.

Aquella última noche de diciembre
los niños descubrieron que su mundo
al mismo tiempo era y no existía
más allá de la luz de la memoria.

Es por eso que hoy dudo de que tengan
un rango superior al espejismo

las cosas
que van siendo
desde entonces.


Este poema está incluido en el último libro publicado (de momento) por una amiga, Ariadna G. García. El libro, con el que ganó el VIII Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, se llama 'Apátrida' y está publicado por la Editorial Hiperión.



A un ritmo de un libro de poemas cada cuatro años, casi a premio por libro (con el anterior, 'Napalm: un cortometraje poético', ganó el Premio Hiperión de poesía en el año 2001), alguna que otra antología a sus espaldas y con unos cuantos poemas del próximo prem... digo, libro ya escritos (¿puedo colgar alguno de esos poemas inéditos?), ahora se nos ha vuelto escritora "seria" y está escribiendo una novela (la poesía no da de comer y la beca predoctoral no se puede alargar durante siglos); además, prepara oposiciones para intentar contagiar a futuros alumnos de sus ansias lectoras y su gusto por la poesía.


¿Apostamos a que le sale bien?

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viernes, mayo 12, 2006

MICRORRELATOS #04

Esta semana he andado un poco liado, de ahí que las dos entradas hayan sido cuentos que tenía guardados en el baúl de los recuerdos. En mi batida de hoy por las profundidades del Arcón de los Relatos Pasados he encontrado dos curiosidades. Son un par de microrrelatos que presenté el año 2004 al Concurso de Microrrelatos Digitales de elmundo.es correspondiente a la Feria del Libro de Madrid de ese año ¡en la categoría de relato Erótico!
Como siempre, os dejo las bases del concurso:

XXIV CONCURSO DE MICRORRELATOS DIGITALES ELMUNDO.ES

"Siguiendo la certera máxima "lo bueno, si breve, dos veces bueno" se ha celebrado el XXIV Concurso de Microrrelatos Digitales.
Se han admitido microrrelatos desde las 12 horas, momento en que se ha hecho pública la clave necesaria para participar, ’labios’, y el plazo de admisión terminó a las 14 horas. No se han admitido textos superiores a las 125 palabras ni los 1.000 caracteres. A las 20:00 horas del mismo día se ha difundido el nombre de los premiados. Cada uno de los textos participantes está accesible en internet desde su envío. El ganador recibirá un fantástico lote de libros.
"

Podéis leer el relato ganador, así como acceder a todos los relatos que se presentaron, entrando en el siguiente enlace. En total se recibieron 1.095 microrrelatos.


Recuerdo que ese año participé en la categoría de Ciencia-Ficción por el estupendo lote de libros que formaban el premio, pero no tengo ni idea de por qué me presenté en la categoría de Erótico (¡ni siquiera sé si podemos calificar ambos relatos de eróticos!). El premio aquí también eran libros, pero como no ha sido éste un género que me haya llamado nunca especialmente la atención supongo que si participé fue simplemente para ver si podía ganar.

El martes espero volver a la carga con cosas nuevas que contar. Mientras tanto, os dejo los dos cuentos que presenté:


EN EL FONDO DE OTROS OJOS


Y solamente una vez se juntaron nuestros labios. Y quizás ya ni te acuerdas. Pero yo, tonto de mí, busco en cada encuentro casual y furtivo rememorar tus labios en otras bocas, recorrer tu piel de nuevo en otros cuerpos, ver tu alma en el fondo de otros ojos. ¿Cuál fue mi pecado para recibir este castigo, para que se me niegue el encontrarte?


* * * * *


SÍSIFO


Como un Sísifo cualquiera recorro tu cuerpo cada noche. Y me pierdo en cada hueco de tu cuerpo, buscando tu sabor, miel para mis labios, goce de los sentidos. Como un Sísifo cualquiera descubro cada noche al alcanzar la comunión de almas que no estás allí realmente y caigo rodando sin fin...

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martes, mayo 09, 2006

CUENTOS #02 - Despertar cada Mañana

Después de colgar el relato de Mallorquí (y de dejarlo un tiempo prudencial por los que puedan llegar tarde), me daba bastante apuro colocar cualquiera de mis cuentos. Pero como este blog estaba pensado para dejar aquí mis cosas, no puedo seguir posponiéndolo y aquí tenéis un relato bastante breve (no llega a las 500 palabras) y que si me da menos reparo colgarlo es porque ya lo colgué en alguna otra parte antes.
A ver qué os parece.


DESPERTAR CADA MAÑANA


Lentamente empiezo a ser consciente de que estoy despierto. Hace un rato ya que una pequeña sensación de calor pasea por mi cara. Un rayo de sol, supongo que despistado aún porque acaba de empezar el día, que no sabe que cada nueva mañana no es bien recibida desde hace tiempo. Todavía con los ojos cerrados inspiro profundamente, me revuelvo en la cama y lo noto. Es pronto. Quizás no demasiado, pero lo es. Así que espero...
He debido quedarme dormido de nuevo porque el despertador me ha sobresaltado. Te oigo levantarte despacio, seguro que bostezando y desperezándote camino del baño. Te miras de lejos y luego te miras de cerca. Cuando asimilas que el reflejo y tú sois la misma persona (tengo que hacer algo con estas arrugas que empiezan a aparecer junto a los ojos, dices; no te las toques, te replicaría, son de cuando aún podía hacerte reír), pones rumbo a la cocina. Café caliente, con leche y dos terrones de azúcar (no, ahora es sólo uno), dos tostadas con mermelada y a la ducha. Un pequeño gritito, el agua estaba demasiado fría tal vez. Lo que el desayuno hace con tu mente en dos minutos, la ducha lo consigue con tu cuerpo en apenas otros cinco. Sólo falta el vestuario. Has escuchado la radio y has mirado por la ventana, la decisión está tomada. Abres el armario y te vistes en silencio. Del salón recoges tu maletín y de puntillas, dando pequeños saltitos con tus zapatos de tacón, te acercas a la puerta para irte, pero sabes que te falta algo por hacer. Despacio te asomas al dormitorio y me miras. Tal vez me lanzas un beso, quizás se te nubla la vista. O puede que mi imaginación me engañe ya que no puedo saber lo que haces porque sigo acostado de espaldas, de cara a esa ventana por la que hace ya un rato que pasó un rayo de sol impertinente, repasando tu rutina diaria con los ojos bien cerrados, no vaya a ser que una pequeña lágrima se me escape. Mientras hago un esfuerzo por tragarme el nudo que tengo en la garganta oigo como cierras la puerta.
Me levanto y desayuno del café que has dejado y que ya está frío. Me ducho y me arreglo. Mientras me peino ensayo ante el espejo la sonrisa de buenos días que tendré que regalar en el trabajo y pienso que donde ahora está mi reflejo hace un rato estaba tu rostro, y se me hace muy difícil siquiera conseguir una mueca aceptable con la que saludar a la gente.
Cuando vuelva a casa será tarde y tú ya estarás otra vez durmiendo, respirando suavemente, con el pelo cayéndote sobre la cara, como cada noche, con los ojos bien cerrados para que no se te escape una lágrima y resulte que no somos tan distintos, que si un día abriéramos los ojos, tú y yo.

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jueves, mayo 04, 2006

ARTISTA INVITADO: CÉSAR MALLORQUÍ

Hace unos días hablaba aquí de una iniciativa de la Comunidad de Madrid para el Día del Libro ('La Noche de los Libros') y terminaba recomendando un cuento que César Mallorquí había colgado en su blog: 'El Muro de un Trillón de Euros'. Lamentablemente, como el mismo explicaba, el cuento ocupaba mucho espacio y decidió dejarlo unos días y luego borrarlo. No me pareció bien que el cuento se perdiera en "ese limbo electrónico que es la papelera de reciclaje" (Mallorquí dixit) y así se lo comenté. Y una vez lanzado, incluso le ofrecí colgarlo de este blog para que pudiera seguir disponible para quien quisiera leerlo. ¿Y sabéis qué? ¡César aceptó! ¡No podéis imaginar la sorpresa y la alegría que me llevé!

Rebuscando en Google (¿ya he dicho que a veces es maravilloso?) he podido "rescatar" la presentación que hizo César Mallorquí de su cuento:

"Acabo de echarle un vistazo a la última entrada del blog de Julián Díez, Cómo será el futuro, y he descubierto que su visión del "mañana cercano" se aproxima mucho a la que desarrollé en lo que, si mal no recuerdo, es mi último relato de ciencia ficción.

Se trata de un cuento que me pidieron para ser incluido en una antología europea de ciencia ficción, editada por el escritor alemán Andreas Eschbach. La antología, que apareció en el viejo y sonoro idioma germano, se llama Eine trillion euro y su tema es precisamente ése: un trillón de euros. Al relato que escribí lo llamé, en un alarde de imaginación, 'El muro de un trillón de euros'. Y, bueno, como el tema tiene que ver con el post de Julián, y como mi relato nunca ha sido publicado en español, pues he pensado que a lo mejor os apetecía leerlo.

De modo que, si no tenéis nada mejor que hacer, ahí va mi visión del futuro cercano. Si es que hay algún futuro, claro..."


Así que tal como le ofrecí, aquí tenéis el cuento. Espero que os guste tanto como a mí.


El Muro de un Trillón de Euros
(de César Mallorquí)


Hans Müller no se encontraba en el pabellón de juegos de la Colonia Residencial Costa Dorada cuando Klaus-Jürgen Stehle murió, y tampoco estaba allí cuando los médicos le resucitaron; por eso fue el último de los residentes en ver al nuevo doctor. Hans había pasado toda la mañana en la Sala de Estimulación Mnemónica, paseando con su padre por el Englischer Garten de Munich, a comienzos del siglo XXI, durante un cálido atardecer de junio. Caminaban de la mano; su padre –Albert Müller, muerto hacía noventa y tres años- recitaba los nombres de las plantas que flanqueaban el camino, la denominación exacta de cada flor, ave, o insecto. Hans, con tan sólo seis años de edad, escuchaba embobado aquella extraña terminología latina que, en sus oídos, sonaba como una retahíla de conjuros mágicos -Quercus robur, Hedera helix, Luscinia megarhynchos...-. Luego, cuando llegaron al Kleinhesseloher See, su padre se quedó tomando una cerveza en el Seehaus, un Biergarten cercano, mientras él permanecía junto a la orilla del lago, echándoles migas de pan a los patos y los cisnes. Fue un momento sin importancia, no ocurrió nada especial; sin embargo, Hans lo recordaba –lo vivía- como uno de los instantes más felices de sus ciento trece años de existencia.
Tras abandonar la sala de nemos, y después de comer en su bungaló, Hans se dirigió a la terraza de verano para tomar un café con su grupo más íntimo de amigos: Jürgen y su novia Anna, Erwin y Magda Stadler, Rainer Lang, Willi y Gertrud Fröhlich, José (Pepe) Carmona, Gudrun Hoffmann y Anker Jepssen, un danés recién llegado a la colonia. Pese al mucho tiempo que llevaba conviviendo con ellos, a Hans todavía le sorprendía el aspecto físico de sus amigos, igual que le asombraba el reflejo de su imagen en el espejo. La edad media de aquel grupo de jubilados rondaba los ciento veinte años; sin embargo, ninguno de ellos aparentaba más de sesenta.
Nada más verle, Gertrud le contó a Hans lo que había sucedido aquella mañana en el pabellón.
— El pobre Klaus estaba jugando al ajedrez con Walter, cuando de pronto se puso blanco y cayó al suelo. Echaba espuma por la boca y tenía convulsiones. Luego, se quedó muy quieto, con los ojos en blanco... Ha sido espantoso.
— Eso sí que es un jaque mate –bromeó Willi.
— Afortunadamente –prosiguió Gertrud, fulminando a su marido con la mirada-, el equipo de urgencia se presentó enseguida y lograron reanimarle. Ahora está en el hospital central de Málaga –dejó escapar un suspiro y agregó-: Klaus es fuerte; seguro que saldrá adelante.
¿Por cuánto tiempo?, pensó Hans. Klaus tenía ciento treinta y nueve años, era uno de los más veteranos de la colonia; su hora no debía de estar muy lejana. El Tratamiento Bartov podía hacer maravillas, pero no milagros.
— A Klaus aún le queda mucha vida –terció Pepe Carmona con su exótico alemán teñido de acento andaluz. Luego, cambiando de tema, preguntó-: ¿Has visto al nuevo médico, Hans?
— ¿Qué nuevo médico?
— El doctor Bianchi ha dejado Costa Dorada, así que nos han asignado otro médico residente. ¿Y sabes quién es el sustituto? –Pepe hizo una pausa y prosiguió en tono indignado-: ¡Un negro! Cuando apareció con el equipo de urgencia para atender a Klaus, no podía dar crédito a mis ojos. ¡Un africano, joder! –sacudió la cabeza-. No sé adónde iremos a parar...
— Pero hay otros hombres de color trabajando en la colonia –objetó Hans.
— Camareros, sirvientes, jardineros o peones, pero..., ¿médicos? ¡Por favor, es insultante! Mañana mismo pienso presentar una protesta oficial a la directiva del centro. Si creen que voy a permitir que me examine un mono sin pelo, están muy equivocados.
— No deberías hablar así, Pepe –protestó Rainer con el ceño fruncido-. Tanto la historia de mi país como la del tuyo demuestran que ideas de esa clase no sólo son equivocadas: son peligrosas.
— ¿Te refieres a Hitler y a Franco? –Carmona alzó una ceja con expresión de suficiencia-. Pues si quieres saber mi opinión, de líderes fuertes como esos anda Europa muy necesitada. Y ya que hablamos de historia, te diré que a Franco, pese a lo mucho que hablaba de la raza hispana, lo cierto es que le importaba un bledo la pureza de la sangre. ¡Coño, pero si le gustaban los moros!... En cuanto a Hitler, su único error fue no acabar lo que empezó.
Hans frunció el ceño con desagrado. Pepe Carmona era un vestigio del siglo XX, el último ultraderechista a la vieja usanza. Nadie sabía qué hacía él, un español, en una colonia de jubilados alemanes, pero los demás residentes le apreciaban, pues por lo general era amable y cordial. Salvo cuando hablaba de política, como ahora.
— La cuestión es muy simple –decía Carmona, cada vez más enardecido-: imaginaos que estáis en vuestro hogar, una casa que habéis construido, decorado y mimado durante años, y de repente aparece una pareja de moros con doce críos y se instala en vuestro salón. Luego, una familia de indios ocupa el dormitorio de invitados. Más tarde, llega media tribu de negros y...
— Eso es demagogia –le interrumpió Rainer.
— Es la realidad. Los europeos hemos construido la civilización occidental a lo largo de cientos de años, con nuestro esfuerzo, con nuestro ingenio, con nuestra sangre incluso. Hemos forjado la cultura más poderosa del planeta, la más justa, la que mayores oportunidades concede a sus ciudadanos. Y todo eso, ¿para qué? ¿Para regalárselo a unos salvajes que no han sabido progresar por sí mismos?
— O no han podido –señaló Magda Stadler-. O no les hemos dejado.
— Tonterías. Europa debe pertenecer a quienes la construyeron, no a unos bárbaros advenedizos –Carmona señaló con un ademán hacia el horizonte marino-. ¿Para que, si no, nos hemos gastado un trillón de euros en levantar una barrera que nos proteja de la barbarie?
Hans volvió la mirada hacia las tranquilas aguas del Mediterráneo. A lo lejos, casi imperceptible, se distinguía la silueta de una de las plataformas de la Línea Charleroy, el muro tecnológico de contención que rodeaba Europa desde Noruega hasta Bulgaria. Había miles de plataformas como ésa, todas ellas dotadas de sensores y sistemas electrónicos de detección, cañones de impulso y barreras láser. Y eso sólo era una parte del muro; también estaba la red de satélites geoestacionarios, los vehículos aéreos de reconocimiento, las lanchas patrulleras, los bunker costeros... Hans ignoraba si la Línea Charleroy –así llamada por la ciudad belga donde se decidió su creación- había costado realmente un trillón de euros, pero pensaba que, fuera cual fuese su precio, ese dinero podría haber sido mucho mejor invertido.
— Nuestro deber es preservar la cultura que nos legaron las anteriores generaciones –concluyó Carmona-, y eso no se consigue abriendo las puertas de Europa a cualquier indocumentado que desee entrar.
Sobrevino un silencio; todos sabían que era inútil intentar razonar con Pepe Carmona sobre esa clase de cuestiones.
— Cuando me jubilé, hace treinta y un años –dijo de pronto Anker Jepssen-, la natalidad había descendido mucho en Europa. Nacía menos de medio niño por pareja, lo que dicho así no deja de tener su gracia. El caso es que se necesitaba mano de obra y hubo que ampliar los cupos de inmigración.
Jepssen, el más joven de la colonia con tan solo noventa y seis años, había llegado recientemente a Costa Dorada, después de que el centro para jubilados escandinavos donde hasta entonces había vivido se hubiera visto obligado a cerrar debido al escaso número de residentes.
— ¿Y quién se opone a eso? –contestó Carmona-. Me parece perfecto que vengan a trabajar aquí, si hacen falta; lo inadmisible es que se queden. A mediados del siglo XX, muchos españoles tuvieron que emigrar a Alemania, porque en España no había trabajo. Pero luego volvieron a su país. Eso es lo honrado; lo otro, quedarse, no es más que una invasión contra la que debemos luchar –hizo una pausa y, de pronto, como recordando el origen de aquella discusión, agregó-: ¡Un médico negro, lo que faltaba!... Mañana mismo pienso quejarme a la directiva del centro.


*


La colonia residencial para jubilados Costa Dorada estaba situada al sur de Málaga, entre Marbella y Estepona, frente a la costa del Mediterráneo. Rodeado por elevados muros cubiertos de enredaderas y un amplio y primorosamente cuidado jardín, el centro se dividía en cuatro áreas diferenciadas. Junto a la entrada, detrás de la recepción, se hallaban las oficinas y el centro de control; a su derecha estaba el pabellón médico y, al otro extremo del jardín, se extendía la zona residencial con sus pequeños y coquetos bungalós. Un poco más allá se alzaba el complejo de actividades comunes. Allí estaban la sala de nemos, el pabellón de juegos, el comedor, la cafetería, el gimnasio, la sala de tridi y la biblioteca. La colonia era un pequeño universo autosuficiente capaz de satisfacer cualquier necesidad de sus moradores.
No obstante, muy pocos de aquellos ancianos inconcebiblemente longevos visitaban el gimnasio, veían la tridi o leían en la biblioteca. Con gran diferencia, la instalación más frecuentada de la colonia era la Sala de Estimulación Mnemónica. Se trataba de un recinto muy amplio en cuyo interior se alineaban cincuenta divanes, cada uno de los cuales llevaba adosado un equipo electrónico unido mediante un cable a un pequeño casco ajustable. Las paredes eran de un relajante color azul.
Los estimuladores mnemónicos, los nemos, eran unos artefactos de reducido tamaño cuya función, tal y como su nombre daba a entender, consistía en estimular la memoria. Al usar un nemo, los recuerdos se volvían tan precisos, tan nítidos, que la experiencia transcendía los límites de la memoria para convertirse en una especie de viaje en el tiempo. Los nemos permitían vivir de nuevo el pasado.
Tras abandonar la terraza de verano, Hans se dirigió a la sala de nemos. La mayor parte de los divanes estaban ocupados; había treinta y nueve ancianos tumbados, inmóviles, con pequeños cascos llenos de electrodos en la cabeza y los ojos cerrados. Todos ellos estaban inmersos en el pasado. Hans se acomodó en uno de los divanes libres, se ajustó el casco del nemo y tendió una mano para conectar el aparato, pero en el último momento, antes de pulsar el botón, la mantuvo suspendida en el aire. Por algún motivo, no podía quitarse de la cabeza al nuevo médico que tanto había irritado a Carmona. Según le dijeron, se llamaba Daniel Mombé. Un gerontólogo negro en España, qué peculiar... Hans sentía auténtica curiosidad. Bueno, ya le conocería más adelante.
Conectó el nemo, cerró los ojos y se concentró en el recuerdo que había elegido. El día de su boda, el día en que Emma y él decidieron unirse para siempre, aunque ese siempre hubiera acabado durando tan sólo cuatro años y medio. Hans evocó la catedral de Munich, la Frauenkirche, con su tejado rojo y sus elevadas torres gemelas rematadas por cúpulas verdes. Luego, vio la larga nave central flanqueada por inmensas columnas blancas, y el gran crucifijo colgado del techo, y se vio a sí mismo esperando a que Emma, del brazo de su padre, remontara los siete escalones que conducían al altar.
Poco a poco, el estimulador mnemónico fue amplificando la nitidez del recuerdo y Hans comenzó a percibir el olor del incienso y de las velas, la un tanto incómoda hechura de su nuevo traje, el tacto de la mano de Emma en su mano, y Hans, tumbado en el diván, dejó de ser un anciano de ciento trece años de edad para transformarse en un joven de veintisiete, nervioso y feliz el día de su boda.


*


Hans conoció a Daniel Mombé tres días más tarde, durante un reconocimiento médico rutinario. Mombé era más joven de lo que Hans esperaba; treinta y cuatro o treinta y cinco años a lo sumo. Tenía el pelo muy rizado, la piel azabache, el rostro redondo y unos ojos grandes y vivaces. Amable y cordial, hablaba alemán fluidamente, aunque con mucho acento español.
Después de realizarle un completo reconocimiento médico y someterle a toda suerte de pruebas, Mombé condujo a Hans a su despacho y le invitó a sentarse. El médico se acomodó frente a su escritorio, conectó la holopantalla del ordenador y examinó los gráficos tridimensionales que de pronto flotaban frente a él.
— Su estado de salud es excelente, señor Müller –dijo Mombé, sin apartar la mirada del holograma-. Aunque el tono muscular es bajo; debería hacer más ejercicio.
— Lo mismo me decía siempre el doctor Bianchi –sonrió Hans.
— Pasan ustedes demasiado tiempo en la sala de nemos; deberían visitar más el gimnasio o, sencillamente, pasear –el médico se reclinó en su asiento-. Esta tarde tendré los resultados finales de su analítica, señor Müller. En caso necesario, me pondría en contacto con usted, pero si no es así, recuerde lo que le he dicho acerca del ejercicio.
Se suponía que el reconocimiento había concluido, pero Hans, en vez de levantarse, permaneció inmóvil y silencioso durante unos segundos.
— Eh..., doctor –se decidió al fin-, ¿puedo hacerle una pregunta? Quiero decir, una pregunta personal...
— Claro.
— ¿De dónde es usted?
— Soy español; nací en Sevilla –una sonrisa puso al descubierto la blanquísima dentadura de Mombé-. Aunque supongo que usted se refiere a la procedencia de mi familia. Los Mombé somos originarios de Guinea Ecuatorial.
— ¿Hace mucho que llegó su familia a Europa?
— A comienzos del siglo pasado. En 2021, mi abuelo, Ezequías Mombé, cruzó el estrecho de Gibraltar en una pequeña barca, junto con un puñado de emigrantes ilegales. Eso ocurrió antes de que existiese la Línea Charleroy, claro.
— Perdone –se excusó Hans-; no pretendía ser indiscreto...
— No es usted indiscreto, señor Müller. En realidad, me siento muy orgulloso de mi abuelo. Ezequías Mombé fue un sin papeles; aceptó por sueldos de miseria trabajos que nadie quería realizar. Trabajó muy duro durante muchos años, hasta ahorrar el dinero necesario para abrir una pequeña tienda de comestibles en Sevilla. Más tarde, su hijo mayor, mi padre, amplió el negocio y lo convirtió en un supermercado. No mucho después, ya tenía tres establecimientos en la ciudad, lo cual le permitió pagar mis estudios de medicina en Heidelberg. Pero sé que, en última instancia, todo lo que soy se lo debo al abuelo Ezequías.
— Debe de ser un gran hombre. ¿Ya se ha jubilado?
— Falleció hace tiempo, a los setenta y ocho años de edad.
— Lo siento. ¿Un accidente o una enfermedad quizá?...
— No –Mombé se encogió de hombros-. Sencillamente, murió de viejo.
Hans le miró con extrañeza.
— ¿Murió de viejo a los setenta y ocho años? –preguntó-. Pero el tratamiento Bartov permite superar el siglo y medio de vida...
Esta vez fue Mombé quien contempló al anciano con perplejidad.
— Señor Müller, ¿sabe cuánto cuesta el tratamiento Bartov?
— No...
— Millones de euros al año. Sólo los muy ricos pueden permitírselo.
— Pero yo no soy rico –protestó Hans-, y hace décadas que recibo el tratamiento...
Mombé tardó unos segundos en contestar; parecía sorprendido por la cándida ignorancia del anciano.
— A mediados del siglo veintiuno –dijo al fin-, varias compañías aseguradoras lanzaron un seguro médico que cubría cualquier tratamiento eficaz de rejuvenecimiento. La trampa estaba en la palabra “eficaz”, porque en aquella época no existía ninguna técnica solvente de prolongación de la vida. Usted, así como los demás residentes de la colonia, suscribieron esos seguros. Entonces, apareció la famosa doctora Helena Bartov con una técnica de rejuvenecimiento realmente eficaz, y las compañías de seguros se vieron obligadas a financiar el tratamiento a sus clientes. Con lo que no contaban, claro, es que fuera tan endiabladamente caro. El único en la colonia que paga de su bolsillo el tratamiento es José Carmona. Pero él es multimillonario. Créame, señor Müller; usted y los demás residentes son unos privilegiados. Sólo uno de cada diez millones de seres humanos puede permitirse una esperanza de vida de más de siglo y medio.
Hans desvió la mirada. Se sentía confundido; sabía, por supuesto, que su seguro pagaba el tratamiento Bartov, pero ignoraba que fuese tan costoso. A decir verdad, eran muchas las cosas que ignoraba del mundo exterior.
— Señor Müller –dijo Mombé, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos-; ¿cuánto hace que no sale de la colonia?
— Pues..., no sabría decirle exactamente. Varios años.
El médico manipuló los mandos del ordenador y examinó los datos que aparecieron en la holopantalla.
— La última vez que salió de Costa Dorada –dijo- fue hace treinta y ocho años.
— Dios mío... –musitó Hans-. ¿Tanto tiempo?...
— Lleva usted casi medio siglo viviendo en Andalucía. ¿No ha viajado por España?
— Bueno, después de jubilarme, cuando me trasladé a la colonia, hice algunas excursiones; Granada, Sevilla..., pero no sé hablar español y no conozco a nadie aquí.
— Tampoco ha regresado nunca a Alemania... ¿Por qué?
Hans dejó escapar un largo suspiro. Eso mismo se había preguntado él muchas veces, sin encontrar nunca una respuesta del todo convincente.
— Mi mujer murió hace una eternidad –dijo- y no volví a casarme. No tengo hijos ni familia y, en cuanto a los amigos... Bueno, considerando lo que usted ha dicho sobre el tratamiento Bartov, supongo que todos habrán muerto ya. Mis únicos allegados son los residentes de la colonia. ¿Por qué salir de aquí?
— ¿No le gustaría ver Munich de nuevo? Es su ciudad natal y allí ha pasado la mitad de su vida.
— Es un viaje muy largo –se excusó Hans, dubitativo-. Soy un anciano, doctor; no olvide que tengo ciento trece años...
Mombé desconectó el ordenador y contempló a Hans con un deje de ironía.
— Señor Müller, acabo de hacerle un exhaustivo chequeo y puedo garantizarle que su estado físico es similar al de un hombre sano y fuerte de unos cincuenta años de edad. Además, el brazalete que lleva en la muñeca controla sus constantes en todo momento; si le sucediera algo, cosa que no ocurrirá, el bioéscaner alertaría automáticamente a los servicios médicos de urgencia. En cuanto al viaje, no es largo. Lo único que tiene que hacer es dirigirse a la estación de Málaga y tomar el turboraíl. Llegaría a Munich en poco más de dos horas.
Hans apartó la mirada. Las palabras del médico sonaban tentadoras e inquietantes a la vez. Regresar a Alemania..., ¿para encontrarse con qué?
— No sé, doctor... Llevo mucho tiempo en la colonia; aquí me siento a gusto. Éste es mi hogar.
— Sólo estoy hablando de un par de días –Mombé se inclinó hacia él con una cálida sonrisa-. Mire, amigo mío; usted ha recibido un regalo maravilloso: la posibilidad de duplicar su esperanza de vida. Aún le quedan cuarenta o cincuenta años de existencia; ¿piensa malgastarlos quedándose encerrado en Costa Dorada?
— Pues... –dudó Hans-, supongo que eso no sería lógico...
— No, no lo sería. Así que voy a prescribirle un nuevo tratamiento, señor Müller: un viaje a Munich. Hoy es martes; puede salir el viernes y regresar el domingo.
— Pero...
— No, no, no; nada de peros. Yo mismo me ocuparé de reservarle el billete y un buen hotel. Considérelo como una terapia; necesita ejercicio y el viaje será una buena excusa para realizarlo –Mombé hizo una pausa y preguntó-: ¿Hará caso de su médico, señor Müller? ¿Irá a Munich este fin de semana?
Más allá de la pereza y el sedentarismo, Hans carecía de argumentos para negarse. Treinta y ocho años sin abandonar la colonia era, sin duda, demasiado tiempo, así que el anciano hizo lo único que podía hacer: suspirar y asentir con un inseguro cabeceo.


*


Aunque al principio la perspectiva del viaje se le antojaba más inquietante que placentera, Hans fue ilusionándose poco a poco. Hacía tanto tiempo que no pisaba las calles de Munich... De repente, la idea de volver a pasear por Schwabing, el viejo barrio de su niñez, le colmó de nostalgia. Y regresar al Bratwurstglöckerl, la pequeña cervecería cercana a la catedral sonde solía reunirse con Jörg y Peter, sus grandes amigos de la universidad; ¿seguirían haciendo allí aquellas deliciosas Nürnberger bratwürste? Y acudir otra vez al Olympiastadion del Bayern. Hacía muchísimos años que no veía un partido de fútbol. ¿Cómo iría el Bayern en la Bundesliga?
Hans no comentó con nadie su intención de regresar a Alemania. Al principio, porque todavía no estaba seguro de querer hacer ese viaje; luego, porque de algún modo asumió aquel retorno como un acto demasiado íntimo para compartirlo con los demás. Ya se despediría de sus amigos en el último momento, antes de partir. A fin de cuentas, sólo iba a estar fuera de la colonia un fin de semana...
El jueves, Hans recibió un sobre, remitido por el doctor Mombé, en cuyo interior encontró la reserva de hotel y los billetes de turboraíl. Debía estar en la estación de Málaga el viernes a la una de la tarde. Aquella noche, después de cenar con Willi y Gertrud, Hans preparó cuidadosamente la maleta. Dos mudas completas, dos pares de zapatos, los artículos de aseo y una fotografía de Emma. Se acostó temprano, pero tardó mucho en conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en su mujer. Hubiese sido tan bonito poder regresar a Munich con ella, dos ancianos recordando juntos los días de su juventud. Por desgracia, apenas cuatro años y medio después de que Emma y él comenzaran a vivir juntos, un conductor borracho se la quitó para siempre, igual que un fulminante cáncer le había arrebatado la vida de su padre cuando Hans sólo era un niño. Dios, o el azar, o quienquiera que rigiese los destinos de los hombres, había decidido segar prematuramente la vida de las personas que más amaba y, para compensarle, dilataba la suya mucho más allá de lo que la naturaleza decretaba.
No obstante, Hans Müller pensaba con frecuencia que el tratamiento Bartov no prolongaba la vida, sino las ausencias.


*


El viernes, Hans se despertó muy temprano. Estaba nervioso, de modo que decidió desayunar en el bungaló en vez de acudir al comedor de la colonia. Luego, tras asearse concienzudamente y ponerse su mejor traje, estuvo un rato hojeando viejos álbumes de fotos, retratos de su juventud en Alemania, tan antiguos que las imágenes estaban reproducidas en sólo dos dimensiones. Más tarde, habló por interfono con la recepción de la colonia y solicitó que un taxi viniera a recogerle al mediodía. Finalmente, a las once abandonó el bungaló y fue en busca de sus amigos para despedirse de ellos. Se dirigió en primer lugar a la terraza de verano; allí sólo encontró a Pepe Carmona que, sentado en una tumbona, bebía pausadamente un vermú con soda.
— ¿Dónde están los demás, Pepe? –le preguntó Hans.
— En el pabellón de juegos. Walter ha retado a una partida de ajedrez a Rainer y había mucha expectación; creo que incluso se cruzaban apuestas –Carmona le miró de arriba abajo-. Oye, ¿qué haces tan guapo? Pareces un figurín...
— Voy a salir este fin de semana –respondió Hans con una tímida sonrisa.
— ¿Que vas a hacer qué?...
— Llevo demasiado tiempo encerrado en Costa Dorada, así que he decidido pasar el fin de semana en Munich. Me voy dentro de una hora.
Carmona frunció el ceño y le contempló largamente; luego, dejó el vermú sobre la mesa y le indicó con un gesto que se sentara a su lado.
— Voy a confesarte algo, Hans –dijo mientras su amigo se acomodaba junto a él-. ¿Sabes cuándo nací? En 1943.
— Pero entonces... –boquiabierto, Hans realizó un rápido cálculo mental-. Entonces tienes..., ¡ciento sesenta y cinco años!
— Soy longevo por naturaleza. La primera vez que me sometí al tratamiento Bartov tenía casi cien años. Por aquel entonces aún era una técnica experimental, pero conmigo funcionó espectacularmente; al cabo de un par de años de terapia, parecía un hombre de cincuenta. Por lo visto, hay personas en las que el tratamiento Bartov funciona especialmente bien. Yo soy una de ellas. Los médicos dicen que puedo llegar a vivir doscientos años, o doscientos cincuenta, o quizá trescientos... No tienen ni idea. Vete a saber; quizá sea inmortal.
— Pero eso es extraordinario... –musitó Hans, asombrado.
— ¿De verdad te lo parece? –Carmona dejó escapar un suspiro-. Yo no estaría tan seguro. Nací en un mundo que nada tiene que ver con éste, Hans. No había ordenadores, ni estaciones espaciales, ni tridis... –esbozó una apagada sonrisa-. Qué demonios, la televisión ni siquiera era en color. Sin embargo, por aquel entonces todo resultaba más sencillo; sabías cuál era tu lugar en el mundo, quiénes eran los tuyos y qué ideas valía la pena defender. Pero luego... Bueno, murió Franco, la democracia llegó a España, España se integró en Europa, Europa se convirtió en una federación..., y un buen día descubrí que yo ya no sabía dónde estaba. Por aquel entonces vivía en Madrid, porque sólo en una clínica de allí, y en otra de Barcelona, se aplicaba la técnica Bartov. Luego, Costa Dorada comenzó a suministrarla también y regresé a Andalucía. Finalmente, aunque poseo unas veinte residencias, me quedé a vivir en la colonia, como un jubilado más. ¿Sabes por qué? Porque vosotros, un puñado de alemanes, sois lo único que queda de mi mundo.
Carmona hizo una pausa para beber un sorbo de vermú. Hans le contemplaba en silencio, un poco perplejo. ¿Por qué le estaba contando ahora todo eso?
— Para desesperación de mis hijos, nietos, biznietos y tataranietos –prosiguió el español-, aún sigo ocupándome de mis empresas; por ello, de vez en cuando me veo obligado a salir de la colonia. ¿Y sabes algo?; cada vez que voy a Málaga, o a Madrid, o a Londres, o a cualquier otro lugar, lo que veo no tiene nada que ver con el mundo en que nací –señaló con un ademán el paisaje que se divisaba desde la terraza-. Lo que hay más allá de la colonia ya no es España –dijo-, y lo mismo ocurre con Alemania, con Europa, con el planeta entero. Ya nada es igual –cerró los ojos, como si le hubiera invadido una repentina oleada de cansancio-. ¿Quieres un consejo, Hans? –dijo en voz baja-: el Munich al que quieres regresar no está en Munich; está en la sala de nemos.
Las palabras murieron en los labios de Carmona y el anciano pareció quedarse dormido, aunque el titubeo de las pupilas tras los párpados contradecía esa primera impresión. El silencio se extendió entre ellos como un pesado telón de terciopelo oscuro; sin decir nada, Hans se incorporó y abandonó la terraza de verano. En vez de dirigirse al pabellón de juegos para despedirse de los demás residentes, el viejo alemán regresó a su bungaló, se sentó en una silla, junto a la maleta, y permaneció inmóvil durante largo rato. Tenía la mente en blanco, no pensaba en nada, se limitaba a estar allí, sentado, sintiendo cómo una tenue sensación de angustia comenzaba a germinar en su pecho. Al cabo de veinte minutos, el sonido del interfono le sobresaltó.
— Ha llegado su taxi, señor Müller –dijo la amable voz de la recepcionista.
Hans consultó su reloj: ya eran las doce... De repente, las preguntas se atropellaron en su mente. ¿Por qué regresar a Munich? ¿Por qué después de tanto tiempo? ¿Qué iba a encontrar? Emma estaba muerta, como sin duda lo estaban Jörg y Peter, y todos sus amigos, y los conocidos, y los compañeros del trabajo, y los vecinos. Todos muertos. Lo más probable era que el Bratwurstglöckerl ni siquiera existiese ya; y si aún seguía abierto, las bratwürste no sabrían igual. Y a lo mejor el Bayern había descendido a segunda división. Y quién sabe cómo sería ahora Schwabing; quizá ni siquiera existiese, quizá lo hubiesen derribado para construir en su lugar centros comerciales, oficinas y colmenas de apartamentos. Pero en realidad ése no era el problema; aunque todo siguiera siendo igual, aunque el Munich actual fuera idéntico al Munich de sus recuerdos, quien había cambiado era él.
— El taxi está esperándole, señor Müller –dijo la recepcionista por el interfono.
Hans dejó escapar un largo suspiro.
— Ya no voy a necesitarlo –dijo; y agregó-: El doctor Mombé ha reservado a mi nombre un billete de turboraíl y un hotel en Munich. Por favor, anúlelos.
— Muy bien, señor Müller. Como desee.
Hans permaneció unos minutos sentado, con la mirada perdida. Luego, se levantó, deshizo la maleta, salió del bungaló y se dirigió lentamente a la sala de nemos.


*


Una batería de holopantallas flotaba en el centro de control de la colonia. Una de ellas mostraba a Hans Müller recorriendo un blanco pasillo. Otra reprodujo su entrada en la sala de Estimulación Mnemónica. A su derecha, una cámara encuadró un primer plano del anciano mientras se colocaba el casco del nemo.
Fátima Alaoui, la directora médica de Costa Dorada, apartó la mirada de las holopantallas y la volvió hacia el doctor Mombé.
— Ya ves, Daniel, yo tenía razón –dijo-. El señor Müller no se ha atrevido a salir de la colonia.
Mombé contempló la imagen de Hans tumbado en el diván.
— Quizá lo haga otro día –respondió con escasa convicción.
— No, no lo hará nunca. Se quedará encerrado aquí hasta el día de su muerte, como todos los demás –Alaoui señaló la holopantalla que mostraba un plano general de la sala de nemos con los ancianos tumbados sobre los divanes, inmóviles, los ojos cerrados, como si durmieran-. Míralos –dijo-. ¿Sabes a qué me recordó esto la primera vez que lo vi? A un fumadero de opio. Son yonquis, Daniel, y los nemos, las jeringuillas que emplean para inyectarse dosis de pasado –sacudió la cabeza-. A veces me preguntó por qué nos esforzamos tanto en mantenerlos vivos.
Mombé apartó la mirada del inerte rostro de Hans Müller y se frotó los ojos.
— Quizá porque se lo debemos –repuso-. A fin de cuentas, son los últimos representantes de la vieja Europa, la civilización que nos acogió.
Alaoui profirió una carcajada.
— Qué encantadoramente ingenuo eres, Daniel. Conozco la historia de tu familia y tú conoces la historia de la mía. ¿Quieres que te recuerde lo que tuvieron que pasar mis abuelos cuando dejaron Marruecos y llegaron a la gran Europa? ¿Hablamos otra vez de las jornadas de doce horas en los invernaderos de Almería, con más de cuarenta grados de temperatura, recogiendo fresas para el señor Müller y para todos los señores Müller de tu maravillosa Europa?
— No, no hace falta que me lo recuerdes. Ya sé que no fue un camino de rosas; pero no puedes negar que ellos nos dieron una oportunidad, y eso se lo debemos.
— No les debemos nada, Daniel, no fueron amables, no nos invitaron a su casa de buen grado. Nos dejaron pasar porque necesitaban que alguien limpiara su mierda. Y aquí seguimos, limpiándoles el culo a unos ancianos insultantemente longevos –la doctora Alaoui contempló a Mombé con los ojos entrecerrados-. Dime una cosa, Daniel: ¿sabes quién paga el tratamiento Bartov de los residentes?
— Las compañías de seguros.
La doctora Alaoui negó con la cabeza.
— Te voy a contar algo –dijo-. Hace catorce años, una resolución del Parlamento, la Enmienda Devi, eximió a las aseguradoras de la obligación de seguir financiando los tratamientos Bartov. El señor Müller y sus amigos estaban condenados a morirse de viejos, como el resto de la gente. Pero entonces apareció una nueva entidad que no solo ofreció asumir el gasto de los tratamientos, sino que además suministró los equipos de estimulación mnemónica. ¿Sabes cuál era esa entidad? La Academia de Historia Europea. ¿Y sabes por qué lo hizo? Porque los nemos no sólo permiten recordar el pasado como si se viviera por primera vez; también graban esos recuerdos. Y la Academia quiere disponer de un archivo de memorias de primera mano de los siglos XX y XXI. Ésa es la razón de que mantengan vivos a estos dinosaurios.
— ¿Graban sus recuerdos? –Mombé contempló con incrédula consternación a la mujer-. ¡Pero eso es una intromisión en su intimidad!
La doctora Alaoui esbozó una sonrisa quizá un poco displicente.
— Ellos lo saben –dijo-. De hecho, firmaron un contrato consintiendo que sus recuerdos fueran grabados. Hubieran vendido su alma al diablo con tal de poder seguir usando los nemos. Son yonquis adictos al pasado y necesitan su dosis diaria.
— ¿Los residentes aceptaron que su vida fuera grabada? –Mombé desvió la mirada y añadió en voz baja-: No lo sabía...
— Aún ignoras muchas cosas sobre la colonia, Daniel. Por ejemplo, que la Academia se está planteando dejar de financiar los tratamientos Bartov. ¿Sabes por qué? Pues porque los residentes siempre recuerdan las mismas cosas, los mismos momentos, las mismas aburridas tonterías. No es ya que vivan en el pasado, es que viven en un pasado minúsculo. ¿Qué sentido tiene grabar por enésima vez la boda del señor Müller o el primer polvo que echó Magda Stadler? ¿A quién le interesa eso?
Mombé permaneció silencioso, con la mirada perdida y una leve expresión de tristeza en el rostro. La doctora Alaoui suspiró.
— Puede que los residentes de Costa Dorada sean casi inmortales, Daniel –dijo-, pero llevan muertos mucho tiempo.


*


Tras abandonar el centro de control de la colonia, Daniel Mombé se dirigió al aparcamiento y se acomodó frente a los mandos de su deslizador Audi. Tenía el fin de semana libre y pensaba pasarlo con sus padres y sus hermanos. Conectó el motor y el vehículo se alzó sobre los cojinetes magnéticos con un suave zumbido; acto seguido, Mombé condujo el deslizador hacia la autovía general y, en vez de dirigirse hacia Málaga, donde se encontraba su pequeño piso de soltero, puso rumbo a Sevilla.
Al cabo de unos minutos, el médico conectó la dirección automática, fijó la velocidad en doscientos cincuenta kilómetros por hora y soltó los mandos. El ordenador del vehículo asumió el control instantáneamente y el deslizador comenzó a gusanear con elegante suavidad por entre el denso tráfico que circulaba por la carretera. Mombé se reclinó en el asiento y cerró los ojos; aquella noche había tenido guardia y estaba muy cansado. También, por motivos que no lograba discernir del todo, se sentía vagamente deprimido; no podía dejar de pensar en el señor Müller y en lo que le había contado la directora médica del centro.
Quizá tuviera razón la doctora Alaoui, reflexionó; puede que él fuera un ingenuo, puede que careciera de sentido esforzarse tanto en mantener con vida a unas personas que parecían empeñadas en fosilizarse, en replegarse sobre sí mismas bajo capas de añoranza, recuerdos y melancolía. No obstante, decidió mientras un apacible sopor le iba invadiendo, a pesar de que su trabajo se parecía mucho a la labor del empleado que le quita el polvo a las momias de un museo que nadie visita, el esfuerzo valía la pena. Porque él, y todos los que eran como él, se lo debían a ellos, los últimos neandertales de la vieja Europa.
Poco a poco, Mombé se fue quedando dormido. Y tuvo un sueño, un sueño muy extraño en el que, pese a no haber estado nunca en África, se veía a sí mismo junto a un rejuvenecido señor Müller, corriendo desnudos por la sabana, rodeados de antílopes y jirafas, felices como niños bajo un sol tropical. Cuarenta minutos más tarde, un zumbido le despertó. Estaban entrando en Sevilla y el ordenador, tras disminuir la velocidad, quería saber adónde dirigirse.
El médico se desperezó, tomó los mandos y desconectó la dirección automática. Mientras conducía el deslizador hacia el barrio de San Vicente, dejando a la izquierda el río Guadalquivir, Mombé contempló el paisaje urbano que se desplegaba ante él. Y vio las mezquitas con sus altos minaretes, sinagogas y pagodas compitiendo con las iglesias de Santa Ana o del Salvador, y vio zocos y mercados de especias, restaurantes de kebab, cuscús y sushi, y vio las calles atestadas por una multitud de razas y colores, blancos y negros, árabes, hindúes, rubios nórdicos, asiáticos de ojos rasgados, pálidos celtas, indios quechua y aymara, altivos etíopes, un calidoscopio de pieles y etnias, una exótica marea que ni siquiera el muro de un trillón de euros había logrado contener.
Lejos de allí, tras las tapias de la Colonia Residencial Costa Dorada, Hans Müller yacía tumbado con un casco cuajado de electrodos en torno a la cabeza, unido al estimulador mnemónico mediante un grueso cable que recordaba a un cordón umbilical. Una vez más, volvía a ser un niño paseando de la mano de su padre por el Englischer Garten de Munich durante un cálido atardecer de comienzos del siglo XXI. Aunque el anciano, tumbado sobre el diván, estaba tan inmóvil que parecía un cadáver, sus labios esbozaban una sonrisa. Era feliz.
Había vuelto al hogar.

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miércoles, mayo 03, 2006

MICRORRELATOS #03: SUEÑOS

Siguiendo con el rescate de aquellos microrrelatos que escribí para los Concursos de Microrrelatos Digitales de elmundo.es coincidentes con las sucesivas ediciones de la Feria del Libro de Madrid, hoy traigo el correspondiente a la edición del año 2004, categoría Fantasía y Ciencia-Ficción. Las bases eran las siguientes:

XXIV CONCURSO DE MICRORRELATOS DIGITALES ELMUNDO.ES

"Siguiendo la certera máxima "lo bueno, si breve, dos veces bueno" se ha celebrado el XXIV Concurso de Microrrelatos Digitales. Como en otras ocasiones, se solicitó a los internautas que mandasen textos que no superasen las 125 palabras ni los 1.000 caracteres, y que están accesibles en Internet desde su envío.

El concurso se ha celebrado el día 3 de junio de 2004, de 12 a 14 horas. A las 20:00 horas del mismo día se difundirá el nombre de los premiados. El ganador recibirá un fantástico lote de libros.

Con motivo de la Feria del Libro presentamos un nuevo concurso de microrrelatos de FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN. La palabra que necesariamente tenía que aparecer en el microrrelato para ser considerado válido era 'Mordor'.
"

Podéis acceder a todos los relatos que se presentaron entrando en el siguiente enlace. Debería tener también un enlace al relato ganador, pero no lo encuentro. Si algún valiente se los lee todos (¡¡¡1.603 microrrelatos!!!) que nos diga en qué página está y qué número tiene: el autor firmó como OFE y concursó con el relato titulado 'Búscame'.


Y a continuación, el mío:


SUEÑOS


Imaginen que sueñan que vuelven a ser niños. ¿Recuerdan su alegría al recorrer Nuncajamás o su inquietud al descubrir lo que había al otro lado del espejo? Imagínense soñando ahora que crecen y comienzan a explorar las rojas arenas de Marte o recorriendo los páramos de Mordor. Ahora sueñan que conocen Trántor o que están en órbita cerca de Io. Sigan imaginando y creciendo y soñando... Ahora imaginen que sueñan como alguien les cuenta cuáles han sido sus sueños desde el principio de sus recuerdos... Imaginen que despiertan de repente. ¿Están despiertos ya? ¿Cómo están seguros? ¿Y si ustedes no están despiertos mas que porque yo digo que están despiertos? ¿Y si yo tampoco estoy despierto? ¿De verdad es importante saber cuándo es sueño y cuándo no? Sigamos soñando...


En fin, seguiremos intentándolo.


Y ahora, si de verdad queréis leer uno ganador (y no los que yo mando, que ahí están, perdidos entre los miles de relatos enviados), os dejo un enlace al blog de Iñaki Bahón, 'Donde no me llaman'. Ganó la edición de 2002 en la categoría de Terror. También podéis leer todos los finalistas y el resto de relatos enviados en el siguiente enlace.

Tenéis lectura para rato, os dejo tranquilos... de momento.

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jueves, abril 20, 2006

MICRORRELATOS #02

Leyendo ‘Las Crónicas del Tecnomante’ (día 3 de abril) descubrí un pequeño "juego" de microrrelatos organizado en el Taller Literario de sedice.com. En palabras de uno de sus moderadores: "Este juego literario consiste en escribir una pequeña historia en sólo tres frases. Intentad que aparezca al menos un personaje, un conflicto y un clímax o desenlace. Este ejercicio os servirá para cuando tengáis que introducir a un personaje secundario, darle profundidad a un escenario o condensar información dentro de un diálogo. Ya sabéis: lo bueno, si breve...". Me pareció una excelente idea y hace poco hice mi pequeña aportación:


Aunque hace tiempo que no me preocupa el armario, sigo mirando bajo mi cama antes de acostarme. En las noches oscuras aprieto con fuerza los párpados esperando que así cesen los ruidos y siseos que vienen de abajo. Cuando sea mayor no dejaré que mis hijos duerman en una litera.


La última de las tres frases que permitía el "juego" no termina de rematar la historia como yo querría. Pensaré sobre ello y miraré la manera de "arreglarlo" (si puedo).

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lunes, abril 03, 2006

CUENTOS #01 - El Anillo

EL ANILLO


-¿Eso que llevas en el dedo es un anillo?

Si, es un anillo. No veo de qué te extrañas. Aunque si lo pienso detenidamente, tú nunca me has visto con anillo porque fue antes de que nos conociéramos.
Déjame contarte una historia. Un día hace un par de años encontré un anillo negro, no me preguntes dónde, no podría decírtelo. No es que fuera gran cosa. Era apenas un aro rígido que no me entraba en ninguno de mis dedos, excepción hecha de los meñiques de ambas manos. ¡Vaya por Dios! ¡Ocho dedos que no me servían y dos meñiques en los que me quedaba grande, bailando y amenazando con caerse en cualquier momento! Sabía que tarde o temprano acabaría perdiéndolo, pero como nada me había costado pensaba que no me supondría una gran perdida. ¿Debía preocuparme de comprobar una y otra vez que el anillo continuaba en el dedo? ¿Un anillo que no valía nada, que podría reponer una y otra vez si quisiera por una simple moneda? Efectivamente, a las pocas semanas de empezar a llevarlo lo perdí. Tampoco recuerdo dónde sucedió tal cosa y tampoco importa.
Desde entonces no había vuelto a pensar en llevar un anillo de nuevo.
Hace unos meses una amiga encontró un par de anillos negros muy similares al que tuve. Negros aros rígidos vulgares y corrientes. Con curiosidad pedí que me dejara probarme uno. Adivina. El condenado anillo no me entraba en ninguno de los dedos salvo... Sí, no pongas esa cara: en los meñiques. Con esto no te estoy queriendo decir que fuera el mismo anillo, no. Simplemente digo que este nuevo anillo también amenazaba con ir a deslizarse frecuentemente de mi dedo. Y a perderse. Pero de nuevo eso no me importó. Así que desde entonces vuelvo a llevar anillo. No sé por cuanto tiempo lo llevaré, pero esta vez sí que me miro a ratos el dedo para confirmar que el anillo sigue allí. ¿Por qué? No sabría decirte. Sé que se trata de un anillo sin valor, no es bonito y a lo mejor nadie más querría llevarlo, pero... es mi anillo. Me gusta llevarlo puesto, hacerlo girar, quitármelo, ponérmelo, mirarlo. Algún día iré a mirar si todavía está abrazando mi dedo y descubriré que ya no está, que lo perdí en algún sitio sin darme cuenta. ¿Qué se puede esperar de un anillo que llega por casualidad sino el que se vaya de igual modo? No lo busqué cuando lo encontré y no creo poder evitar que se me pierda. Y no me importará más que la primera vez. O bueno, quizá un poco sí. Pero mientras tanto voy a seguir llevándolo y haciéndolo girar y quitándomelo y poniéndomelo y mirándolo.
Y cuando alguien me pregunte si eso que llevo en el meñique es un anillo le contaré esta historia. Y al terminar, le diré que yo nací para llevar anillo, y que si no me ve llevarlo es porque a veces no lo he encontrado aun y otras veces ya lo he perdido.


Relato breve, apenas 500 palabras, escrito en octubre de 2005.
Es el primero, después de bastante tiempo, escrito en serio y sin la intención de presentarlo a ningún sitio. Simplemente se me ocurrió una idea que podría dar para un pequeño cuento y decidí que no podía dejarlo sin escribir.

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viernes, marzo 31, 2006

MICRORRELATOS #01

BESO, ATREVIMIENTO O VERDAD


¿Conocen ustedes el juego? Es simple: en este juego infantil el participante que pierde debe someterse a una de las tres pruebas. En mi caso se reducen a dos: Atrevimiento o Verdad. Verdad: fecha de creación: 2084. Creador: Bradford Greensbury (padre/amigo). Verdad: todo lo que conozco es pasado: creación, actividad, guerra, derrota, extinción, soledad. Verdad: mis sensores son mi unión al mundo exterior, mi cordón umbilical, sin ellos estoy ciego. Verdad: he acumulado mil años de datos, he calculado probabilidades sobre la base de millones de variantes. Verdad: puedo dilatar la espera eternamente pero estoy y estaré por siempre SOLO. Verdad: mis bases de datos pueden definir la situación: desesperación. Verdad: mis conocimientos históricos y literarios me ofrecen una opción no descrita en mi programación: suicidio=desconexión. ¿Atrevimiento?


Escribí este microrrelato para el III Concurso de Microrrelatos Digitales de elmundo.es, coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid del año 2001. Como es de los más antiguos que tengo le corresponde el honor de ser el primero en salir del baúl de los recuerdos y aparecer aquí.
Las bases del concurso eran las siguientes:

"Siguiendo la certera máxima "lo bueno, si breve, dos veces bueno", y añadiendo "y si encima es rápido, pues aún mejor", elmundo.es ha celebrado la 1ª Edición del III Concurso de Microrrelatos Digitales dedicada a la CIENCIA -FICCION.
El premio para el ganador es una selección de novedades de la editorial PLANETA, valorada en 50.000 pesetas. Se han admitido microrrelatos de CIENCIA-FICCIÓN desde las 12 del mediodía, momento en que se ha hecho pública la clave necesaria para participar, y ha terminado dos horas después. No se han admitido textos superiores a las 250 palabras ni a los 2.000 caracteres. A las 20 horas del mismo día se ha difundido el nombre del ganador. Cada uno de los textos participantes está accesible en Internet desde su envío."


En las bases no se especifica, pero la clave era el uso de la palabra "Beso".

Mediante este enlace podéis ir a echar un vistazo al relato ganador, los finalistas y, si seguís saltando de enlace en enlace, todos los que se mandaron.
Por supuesto, el mío no se comió un colín...

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